Pascua, peregrinos del amor misericordioso

Vicente Rebollo Mozos
17 de abril de 2026

Durante este tiempo de Pascua vamos peregrinando por los testimonios y signos de Cristo resucitado. Este domingo lo vemos acompañando a los discípulos de Emaús, en esa vuelta desesperada a la normalidad, pero ¿es posible volver a la vida de antes si nos hemos encontrado con Cristo? Externamente puede parecer que sí, hacemos las mismas cosas, pero siempre nos quedará en el interior una huella que reclama volver a vivir esa experiencia de amor. Quizás, con el tiempo, hasta lleguemos a olvidarla; de hecho, en el camino de amistad con Jesús hay muchos abandonos definitivos.
Los discípulos de Emaús, volvían a su antigua vida, porque tres días era demasiado tiempo para esperar y a pesar de que no quedaba ya ningún signo de su muerte en el sepulcro y los apóstoles habían recibido el anuncio de que vivía el que había sido crucificado, nadie lo había visto. La muerte es algo definitivo y a eso se aferraban. Tuvieron la suerte de que Jesús vino a encender de nuevo sus corazones explicando las Escrituras. Este caminar juntos, sirvió también de preparación para reconocerlo en la mesa. Allí Jesús volvió a pronunciar las palabras de la Última Cena y eso fue suficiente para convertirse en testigos de la resurrección. Habían compartido camino, conversación, comida con el mismo Cristo sin reconocerlo. Cuando pronuncia la “Acción de Gracias” identifican de nuevo al Señor.
El domingo anterior, escuchábamos cómo los discípulos, le descubren a través de las heridas de las manos y costado. Se llenan de alegría comprendiendo que delante de ellos ya no hay un fantasma sino el mismo Cristo. Les deja un mensaje de paz y de misericordia para perdonar los pecados con la ayuda del Espíritu Santo. Así se nos está invitando a dejar que nuestro corazón se encienda en la fe y esperanza en Cristo resucitado, se nos invita a que vivamos llenos de la misericordia del Señor, que ha realizado tantas obras de amor en cada uno de nosotros y que, además, practiquemos esa misericordia con los demás.
El Papa San Juan Pablo II instituyó, el segundo domingo de Pascua, como el domingo de la misericordia cuando canonizó a Santa Faustina Kovalska, quien recibió diversas revelaciones de Cristo, en las que le manifestó el deseo de que se promoviese la devoción a la Divina Misericordia.
En las apariciones le dejó una imagen conocida como el Cristo de la Divina Misericordia, es un Jesús resucitado bendiciendo, de su pecho salen dos rayos, uno rojo y otro blanco, “el rayo pálido simboliza el agua que justifica las almas, el rayo rojo simboliza la sangre que es la vida de las almas. Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza” (Diario 326) Al pie de la imagen está escrito del texto “Jesús confío en Ti”.
La resurrección es una llamada para que cada uno de nosotros sintamos, vivamos y practiquemos la misericordia con todos. Frente al pecado Jesús nos da perdón, frente al miedo nos ofrece paz, ante la falta de fe nos ofrece presencia viva después de su muerte.
Sigamos avanzando en este tiempo pascual como peregrinos del amor misericordioso.

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