Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del V Domingo de Pascua – B – (28/04/2024)

Al comenzar la homilía, el párroco ha fijado nuestra atención en la primera lectura de la Misa (Hch 9, 26-31) y ha recordado que el Espíritu Santo fue el protagonista de los primeros pasos de la Iglesia. Él predisponía a acoger la predicación de los Apóstoles cuando anunciaban que el crucificado había resucitado y Él suscitaba nuevos evangelizadores en la Iglesia. El más significativo de estos nuevos evangelizadores fue Pablo, el perseguidor convertido en apóstol: en su vida se palpa lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio…, pero como ya teníamos delante nuestros cafés calentitos, he tomado un sorbo y me he enzarzado con esa primera lectura:

– Parece que tus discípulos se resistieron a acoger a Pablo porque no se fiaban de él. Lucas escribió en los “Hechos de los Apóstoles”, que cuando Pablo, ya convertido, llegó a Jerusalén «trataba de juntarse con los discípulos, pero éstos no se fiaban de que fuera realmente discípulo». Aquella desconfianza dolería a Pablo en el alma…

– También te hubiera dolido a ti -me ha replicado-. Más tarde, Pablo confesó, en una carta a los cristianos de Filipos, que: «por él [por mí] lo perdí todo». Era inevitable que el vacío que encontró en los discípulos de Jerusalén le doliese, pues al seguirme perdió el prestigio que tenía ante los judíos y un futuro brillante como fariseo y discípulo de Gamaliel, que era. Aprecio mucho que no le importara demasiado esta pérdida, tal como añadió en esa carta: «todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo y conocer el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos».

– Bien es verdad que aquellos discípulos de Jerusalén rectificaron -he replicado después de tomar otro sorbo de café-. Bernabé, un cristiano helenista que llegó a Jerusalén con Pablo, lo presentó a los Apóstoles y Pablo pudo contar «cómo había visto al Señor en el camino y cómo en Damasco había predicado públicamente en nombre de Jesús». Pronto se dieron cuenta de la calidad espiritual de Pablo y de su energía evangelizadora, y en cuanto se enteraron de que los judíos de lengua griega se habían propuesto suprimir a Pablo por haberse hecho cristiano, lo descolgaron por el muro en una espuerta, lo bajaron a Cesárea y lo embarcaron para Tarso. Es el propio Pablo quien así lo cuenta en su segunda carta a los cristianos de Corinto.

– Y desde entonces, la vida de Pablo fue un continuo ir y venir predicando mi resurrección y organizando las comunidades que surgían en cada lugar. Su vida fue un sobresalto permanente por las maquinaciones de sus antiguos correligionarios y una interminable cadena de persecuciones, encarcelamientos, azotes y amenazas de muerte; de viajes peligrosos, de noches sin dormir y días sin comer, sin contar «su preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?» -me ha recordado citando las mismas palabras de Pablo en esa segunda carta a los corintios-.

– Hablando de Pablo, hemos olvidado el evangelio de este domingo -he dicho al darme cuenta de que el tiempo se nos iba de las manos-.

– Pero no hemos hablado de otra cosa -me ha corregido sonriendo-. El evangelista Juan fue muy preciso y exhaustivo al narrar lo que hice y dije en aquella cena de despedida. El evangelio de este domingo (Jn 15, 1-8) recoge mis palabras cuando estábamos a punto de ponernos en marcha hacia Getsemaní: que los sarmientos no producen uvas si no están injertados en la vid. Todo lo que hemos comentado sobre Pablo manifiesta que, desde que me conoció, estuvo injertado en mí y que el Padre lo podó, y ahí están los frutos.

– Volveré a leer este evangelio mirando a Pablo como el sarmiento que, unido a ti, da fruto abundante -le he dicho despidiéndome hasta el próximo domingo-.