En los primeros días del mes pasado, el papa Francisco llamó por teléfono a un cura navarro, que no daba crédito a que era el Papa quien estaba al otro lado, y parece ser que el Papa tuvo que insistir en la llamada porque no obtuvo respuesta de inmediato. El destinatario era el párroco de san Lorenzo de Pamplona, donde se venera la imagen de san Fermín, y se llama Javier Leoz.

El Papa no le llamó porque sea particularmente devoto de san Fermín, cosa que desconozco, sino por un escrito de este cura a sus feligreses a propósito de las próximas Navidades. Es un texto en forma de poema, que titula: “¿Que no habrá Navidad?”. No sé cómo llegó a las manos del Papa; el caso es que lo ha leído, le gustó y llamó al cura para felicitarle y decirle que comparte lo que dice a sus feligreses. A propósito de esta llamada, el Papa ha confesado que considera normal coger el móvil y llamar a un cura, pues como obispo de Roma debe estar en contacto con sus curas. En este caso, el cura no pertenece a la diócesis de Roma, pero el arzobispo de Pamplona no se habrá molestado porque el Papa haya querido hablar directamente con uno de sus curas, pues para algo es pastor universal.

En una veintena de versos libres y sin rima, el cura navarro se hace eco de la incertidumbre, que preocupa a mucha gente, empezando por los comerciantes, sobre si vamos a tener Navidades por culpa de la Covid-19. El cura responde con un rotundo «¡Claro que sí!», porque las Navidades no son los ruidos y las verbenas, los reclamos luminosos y las estampidas, sino el hecho increíble de que «Dios comparte, como Cristo lo hizo en un pesebre, / nuestra pobreza, prueba, llanto, angustia y orfandad».

Da qué pensar el que sea esta situación de emergencia, en la que nos ha situado la pandemia, la que nos haga caer en la cuenta de que las Navidades son “la Navidad” a secas, o sea: la natividad del Hijo de Dios, hecho uno más de nuestra raza. Se enrojece la cara de vergüenza cuando pasas revista a todos y cada uno de los reclamos navideños, y percibes que sólo uno refleja de cerca el “misterio”: el belén, y aún éste rodeado de tantos artificios que, a veces, resulta difícil encontrar el portal, con el Niño, María y José, y los dos humildes animales, entre tanto castillo de Herodes, pescadores y labriegos, montañas, paisajes y lavanderas como pueblan nuestros belenes, cuando no han sido sustituidos sin más por un árbol, que no es de la Palestina de los tiempos de Jesús, pero resulta más aséptico para el agnóstico moderno. Sin hablar de las cenas, regalos y jolgorios con los que termina siendo invisible lo que realmente ocurrió en aquel tiempo.

Con Javier Leoz, quiero felicitar la Navidad a los lectores de Iglesia en Aragón y recordarles que «habrá Navidad porque necesitamos / una luz divina en medio de tanta oscuridad. Covid 19 nunca podrá llegar al corazón ni al alma / de los que en el cielo ponen su esperanza y su alto ideal. / ¡Habrá Navidad! / ¡Cantaremos villancicos! / ¡Dios nacerá y nos traerá libertad!»

No me sorprende que estas sencillas y hermosas palabras del cura navarro hayan tocado el corazón del Papa. Vivimos preocupados porque la dichosa Covid-19 puede arruinarnos las Navidades y hacemos cálculos para ver cómo logramos “salvar las Navidades”, cuando en realidad es la Navidad la que ha de salvarnos a todos. Dios quiera que, con la Covid-19 o sin ella, vivamos la Navidad con Jesús. Ojalá ese texto del cura navarro, que tocó el corazón del Papa, toque también el nuestro.