Los pobres son también maestros privilegiados de nuestro conocimiento de Dios; su fragilidad y sencillez ponen al descubierto nuestros egoísmos, nuestras falsas certezas, nuestras pretensiones de autosuficiencia y nos guían a la experiencia de la cercanía y de la ternura de Dios, para recibir en nuestra vida su amor, la misericordia del Padre que, con discreción y paciente confianza, cuida de nosotros, de todos nosotros” (Discurso del Papa Francisco. Visita al “Centro Astalli” de Roma para la asistencia a los refugiados el 10 de septiembre de 2013)

«Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!» (EG 210).

¿A qué nos referimos con Mesa de Hospitalidad?

En el mes de septiembre de 2015, el Arzobispo de Madrid constituyó la Mesa por la Hospitalidad, un espacio de coordinación y animación de iniciativas y organismos de la diócesis de Madrid a favor de las personas desplazadas. En la presentación afirmaba: “No es tiempo de lamentos, sino de arrimar el hombro y sacar lo mejor de nosotros mismos ante el sufrimiento ajeno”.

Parece una iniciativa a tener en cuenta y valorar, entendiendo que “mesa de hospitalidad” representa una forma concreta de actualizar, aquí y ahora, la tradición cristiana de la cercanía vital con los más vulnerables de nuestra sociedad, intentando reavivar la cultura de la acogida y la solidaridad y la construcción de la paz, derribando las barreras o las fronteras que deshumanizan o atentan contra la dignidad de las personas.

Mesa de hospitalidad, por otra parte, es una invitación a nivel personal para abrir nuestras fronteras interiores (miedos, estereotipos y prejuicios), poniéndonos ante el otro (diferente, extranjero) con una actitud de diálogo y de caminar juntos y, a nivel comunitario, una oportunidad para renovar nuestras comunidades, ayudándolas a crecer en compromiso y generosidad, abriendo nuevos caminos de revitalización de la vida comunitaria como un signo de anuncio del Evangelio.

La raíz de esta mesa o comunidad de hospitalidad, de compartir la vida desde una proximidad a los más vulnerables y excluidos, cultivando la cultura del encuentro, la encontramos en Jesús y sus discípulos compartiendo la mesa con personas excluidas y pobres, tal y como el Evangelio nos dice que hacían.

¿Hay una realidad social en nuestra diócesis a la que dar respuesta?

Una de las necesidades básicas que se detecta la de atender la acogida de personas solicitantes de protección internacional antes de logren un apoyo institucional, teniendo en cuenta en limbo legal a que les aboca la burocracia a las personas una vez llegan a España e inician el proceso para obtener la condición de refugiado, manifestando que han sido perseguidas en su país de origen por motivos de grupo étnico al que pertenece, religión, nacionalidad, opiniones políticas, pertenencia a determinado grupo social, de género u orientación sexual.

Ese limbo legal consiste en que esas personas no pueden ser devueltas a sus países, pero no pueden trabajar, hasta que se admita a trámite su solicitud de asilo y pasen seis meses más, quedando condenadas a la precariedad, a la economía sumergida, a vivir de la solidaridad de sus compatriotas… cuando no sometidas a las peores formas de explotación. En el momento actual, en nuestra diócesis estas personas son mayoritariamente son familias con hijos e hijas de Centroamericana y Ucrania, aunque también encontramos mujeres y hombres solos y personas de otras nacionalidades.

Lectura creyente de esta realidad

Esa lectura podemos hacerla teniendo presente el rostro del buen samaritano que no sólo cura las heridas del hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, sino que lo monta sobre su propia cabalgadura, lo lleva a un alojamiento y al día siguiente, sacando dos monedas de plata se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”

Una lectura que sin duda remueve nuestras entrañas, llamándonos a dar posada como Iglesia a nuestros hermanos migrantes, solicitantes de protección internacional; a movernos para ir tejiendo una red de personas cristianas, comunidades (movimientos, parroquias, realidades eclesiales,…), congregaciones religiosas,…  para echar la segunda moneda, como la pobre viuda, sin reservarnos lo que más nos cuesta, descubrir como acoger para cumplir el “fui extranjero y me acogisteis”. Una lectura cristiana que también nos invita a dar un paso, como Iglesia en salida, para acercarnos a las periferias donde están los hermanos que nos necesitan: los perseguidos en su país por ser de un grupo étnico o social, de una religión, nacionalidad, opiniones políticas, por género u orientación sexual, por guerras, hambre o cambio climático.

Claves para un compromiso comunitario

Además de las llamadas que encontramos en la lectura cristiana de la realidad, las palabras del Papa Francisco, que en septiembre de 2015 pidió a las parroquias, comunidades religiosas, monasterios y santuarios de Europa, que acojan a las familias de refugiados que llegan al continente al huir de la persecución y las guerras constituyen una nueva motivación a un compromiso comunitario. El Papa defiende que el «encuentro personal con los refugiados disipa los miedos y las ideologías que distorsionan, y se convierte en factor de crecimiento en humanidad capaz de abrir espacio a los sentimientos de apertura y de que se justifica en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, como la prioridad y dignidad de la persona humana, el principio de solidaridad y, en este caso concreto, en el de subsidiariedad, que viene a decirnos que, aun reconociendo que atender a esas personas y familias es una responsabilidad de todos los poderes públicos (principalmente estatales que son quienes tienen a competencias, pero también del Gobierno de Aragón y los ayuntamientos), es también una tarea nuestra, pues fácilmente comprobamos que no se están dando respuestas adecuadas a esa realidad inmediata y desbordante, y comprendemos que la Administración no puede responder a determinadas necesidades, de acompañamiento en un desarraigo, que también es espiritual, entendiendo que los migrantes pueden pertenecer a otras religiones.

¿Es posible aterrizar?

Parece evidente la necesidad de fomentar la acogida y la hospitalidad con los que huyen de sus lugares de nacimiento por los diversos motivos citados anteriormente. Otra cuestión es el cómo, y en ese sentido parece necesario impulsar el cultivo la dimensión social de la fe en nuestras parroquias, grupos, movimientos… y hacerlo no desde una perspectiva teórica, sino a través de gestos y acciones concretas. En ese sentido, la experiencia de la mesa de hospitalidad en Madrid puede ser un ejemplo que nos ayude a ir tejiendo una red de acogida y solidaridad de esas personas de otros países que acaban de llegar y, tras solicitar protección internacional quedan en ese limbo legal; una red que se plantee dar a conocer esa realidad que sufren las personas solicitantes de protección internacional; una red que se plante la promoción, la protección y la integración desde una cultura del encuentro capaz de generar nuevas relaciones con esas personas desconocidas..

Una ocasión, finalmente, que nos ayude a concretar nuestro pequeños, pero imprescindibles compromisos personales, como pueden ser el acompañamiento, las aportaciones económicas, la puesta a disposición de pisos (gratuitamente, con alquileres sociales,…), la acogida en nuestros hogares, la dedicación de nuestro  tiempo tares necesarias para que puedan sentirse arropadas y acogidas…