El término invisible para referirse a una persona es un concepto terrible, duro y despectivo. Pero, además, si realmente te hacen sentir así, aparece la frustración, tristeza y soledad.

Mucho se habla de la inmigración, de sus efectos, de la legislación en este sentido, ya que es una cruda realidad que vivimos en España y un fenómeno difícil en todos los sentidos. Pero quizás no se habla ni se reflexiona tanto acerca de los sentimientos, de las secuelas y del interior de las personas que han tenido que migrar.

La llegada a un lugar nuevo genera variaciones en el clima psicológico de las personas; la sensación de miedo, soledad y nostalgia van a interferir en el cómo desenvolverse y relacionarse con las personas del lugar de destino.

Durante ya hace varios años, en la parte oriental de la provincia de Huesca, donde está presente Cáritas Diocesana Barbastro – Monzón, estamos viviendo, observando y reflexionando sobre la inmigración. Nos adentramos en las historias de cientos de personas que se sinceran, que sufren y que se sienten escuchados por nosotros. Personas en situación administrativa irregular, que están “obligados” a pasar varios años siendo invisibles antes de poder optar a ser regulares, o con procesos administrativos desesperantes e interminables, y en muchas ocasiones “comprados” para poder agilizarlos.

No disponer de la Tarjeta de Identidad de Extranjero, la TIE, es grave y menoscaba los derechos y las posibilidades de cualquier persona de tener una vida autónoma y estable, hace difícil o imposible el acceso a ayudas sociales, al asilo, a un contrato de trabajo, al alquiler de una vivienda, a una cuenta corriente, a la reagrupación familiar, al carné de conducir…

Nos encontramos con personas que sufren no solo por las dificultades y exclusión económica, sino también por la social, la personal, por la negación de los derechos más básicos como personas. Viven con un miedo constante: miedo al riesgo de ser deportados, a defraudar a los familiares que han dejado en sus países, a que se avergüencen de ellos. Pena por dejar a sus hijos, amigos…, por saber si estarán bien. Miedo y pena que provocan en ellos todo tipo de
sentimientos de rechazo, de soledad, de tristeza…

Acogemos a muchas personas que llaman a nuestra puerta por ayudas; ayudas económicas sí, pero sobre todo por apoyo, escucha y aceptación. Buscan salir adelante, por ellos mismos; quieren apoyo para encontrar empleos – cosa complicada- y mantenerse ocupados; nos ofrecen su ayuda, necesitan sentirse útiles.

No podemos mirar hacia otro lado. Debemos abrir los ojos ante esta realidad, ante personas con las mismas necesidades que nosotros, iguales a nosotros. Y en estas fechas, más aún si cabe, necesitan sentirse acompañados, valorados y que forman parte de nuestra sociedad.

Eva Morancho Corniel
Trabajadora social Cáritas Diocesana Barbastro – Monzón