Flash sobre el Evangelio del III Domingo de Pascua – B – (14/04/2024)

Ya estamos en el tercer domingo de Pascua. En el evangelio (Lc 24, 35-48), Lucas relata la aparición del Resucitado a los Once y a algunos otros discípulos que se habían quedado con los Once. Dos compañeros ya habían huido desesperanzados aquel mismo día hacia Emaús, pero acababan de regresar a toda prisa. Aún estaban contando que habían reconocido a Jesús en el partir el pan, cuando éste se presentó en medio de todos y les dijo: «Paz a vosotros».

– Por lo que cuenta el evangelista, se llevaron un buen susto, pues llenos de miedo por la sorpresa creían ver un fantasma -he dicho antes de dar cuenta de los cafés-.

– Y no me fue fácil conseguir que aceptaran que era yo en persona -me ha replicado con su café en la mano-. Primero tuve que tranquilizarlos, luego enseñarles las cicatrices que los clavos habían dejado en mis manos y mis pies, y animarlos a que me palparan. Hasta les pedí algo de comer y lo comí delante de ellos mientras les decía: «Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo».

– No me sorprende que estuvieran atónitos y tardaran en reconocerte. Era muy fuerte lo que tres días antes había ocurrido contigo y ahora, sin que ellos supieran cómo, te veían delante como si la dolorosa tortura y muerte de cruz que sufriste no hubiera existido. Esto aún es más fuerte; estoy seguro de que alguno se restregó los ojos y se pellizcó la mejilla para asegurarse de que estaba despierto y no sufría una alucinación -he añadido esforzándome en comprender a aquellos reticentes discípulos-.

Después he tomado un sorbo de café y he guardado silencio. Entonces Jesús me ha dicho con esa mirada suya que conforta y pacifica:

–  No tienes que justificar a mis discípulos. Soy consciente de que su mente y su corazón hicieron un gran esfuerzo para hacerse cargo de que «todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí» se había cumplido y ellos lo vivían en primera persona.

– Pero, si entender las Escrituras resultó tan difícil a tus discípulos, ¿cómo podrá entenderlas ahora la gente sencilla? -he replicado espontáneamente.

– Precisamente porque la gente sencilla está mejor dispuesta que los “sabios” y “entendidos” para acoger lo que el Padre os desvela. Recuerda mi oración, la que recoge el evangelista Mateo cuando dije: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado a los pequeños los misterios del Reino mientras que han quedado ocultos a los sabios y prudentes” (Mt 11, 23-27).

– O sea, que en aquella aparición les abriste el entendimiento para que comprendieran lo que dicen las Escrituras -he reaccionado como quien de repente ve la luz al final del túnel-.

– Así es. «Estaba escrito que el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos». Los doctores y expertos en la Ley se empecinaron en esperar un Mesías que salvara dominando, pero el Padre me envió a salvar sirviendo y dando mi vida en rescate por muchos.

– ¿Y por qué tuvo que ser así?

– Porque es el camino previsto por el Padre para solidarizarse con vuestros sufrimientos y, a pesar de ellos, daros la esperanza de que el mal no tiene la última palabra. No soy un fantasma, sino este hombre de carne y hueso que ahora veis y sin embargo vive en Dios, igual que vosotros viviréis algún día en Él.

 ¡Muchas gracias, Jesús! -he añadido mientras pagaba los cafés-.