Lectio Divina: 2 de noviembre de 2019

Fieles Difuntos

1.- Oración Introductoria.

Señor, ayer celebramos el día de todos los santos y hoy la liturgia nos invita a celebrar la Misa por nuestros difuntos. Y hay una relación entre un día y otro. De hecho los cristianos llamamos al lugar de los muertos “campo santo”, es decir, un campo sembrado de santos. Haz, Señor, que yo rece hoy por mis difuntos y eleve mi mirada por encima de las tumbas, como hizo Jesús sobre la tumba de Lázaro. No es cuestión de mirar el cadáver sino mirar al cielo donde está nuestro Padre Dios donde Él nos espera para darnos el abrazo definitivo.

2.- Lectura reposada del evangelio: Juan 14:1-4

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.En la casa de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros.Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis.Y sabéis adónde yo voy; y sabéis el camino.

3.-Qué dice el texto.

Hoy el cementerio, lleno de tumbas, me sugiere:

  • Una exclamación. ¡Qué poco somos. No somos nada!
  • Una afirmación. Esa poca cosa que yo soy está amasada de amor. Y el amor no puede morir
  • Una interrogación: ¿Y qué será de mí cuando yo me muera?

1.- ¡Qué poco somos! ¡No somos nada!

Esta frase o la podemos tomar como una metáfora o como una definición. Ya no es tiempo de preguntamos por lo que podemos, por lo que tenemos, por lo que valemos. Es hora de preguntar por lo que somos. Y la verdad es que “no somos nada”. Es lo que siempre nos había avisado la Iglesia en el día de Miércoles de Ceniza: “Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir. Hoy día en que se ha generalizado la costumbre de la incineración, todavía lo vemos con más realismo: Entregamos el cadáver y nos devuelven unas pocas cenizas. Pero cabe preguntarnos: ¿De verdad que el ser humano queda reducido a cenizas? La verdad que nos resistimos a aceptarlo. Si esto fuera así, el hombre, rey de la creación, sería el ser más desgraciado de todos los seres de la creación. Porque, como dice Pascal, el hombre es como “una caña pensante”. Una caña, así de débil, así de frágil, así de quebradizo. Pero añade “pensante”. Y esto aumenta su tragedia. Es verdad que mueren los vegetales y los animales, pero “no saben que se mueren” Por eso el ruiseñor puede morir cantando y la flor exhalando su último perfume.   Sólo el hombre muere “sabiendo” que se muere. Por eso muere llorando.

Por otra parte, en esta sociedad nuestra tan secularizada, tan material, se hace muy difícil abrirse al mundo del “más allá”. Hay un muro que separa el mundo material y el mundo del espíritu. ¿Es posible asomarse a la otra parte de la muralla?

Todos, creyentes y no creyentes, tenemos una experiencia: Se nos han muerto nuestros seres queridos, pero no se nos ha muerto el amor hacia ellos. Por eso, después de la exclamación, hacemos esta afirmación.

2.- Esa poca cosa que yo soy está amasada en amor y el amor no puede morir.

La única manera de abrir brecha en el muro de la inmortalidad es a través del amor. Y esto lo hacen muy bien los poetas y los filósofos.

  • Antonio Machado. Se casa con Leonor de la que está totalmente enamorado. A los tres años se le muere y le deja destrozado. Y expresa así sus sentimientos:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

  • Francisco de Quevedo. Ante la muerte de las personas que ama, escribe los veros más bellos de amor de la literatura española: 

 

“Serán ceniza, mas tendrán sentido.

Polvo serán, mas polvo enamorado”

  • El filósofo francés Gabriel. Marcel:

 

Cuando yo le digo a una persona: ¡Te quiero! Es como si le dijera: “tú no morirás”

La única manera humana de abrir brecha en el muro de la inmortalidad es el amor. Por eso, más que preocuparnos de conservar unas cenizas, lo que debemos hacer es mantener vivo el fuego del cariño y del amor en las familias.

3.- Una interrogación. ¿Y qué será de mí cuando yo me muera?

Esta respuesta la damos desde el amor, pero la profundizamos desde la fe. Debemos mirar a Dios y no a nosotros. El evangelio nos habla de unas palabras consoladoras de Jesús a sus discípulos que se han llenado de tristeza ante el anuncio de su muerte. ”No se turbe vuestro corazón…en la casa de mi Padre hay muchas moradas…me voy a preparaos sitio”…

Se trata de su honor. Él se ha hecho hombre, ha muerto por nosotros y no quiere ya vivir feliz él solo.

Podríamos hablar de muchos testimonios cristianos. Me limito a dos:

  • Miguel Ángel, era un creyente y hace un testamento digno de él: Es consciente de que él es más que un cuerpo, más que pura materia.

Dejo mi cuerpo a la tierra.

Dejo mis obras a la humanidad.

Dejo mi corazón en Florencia.

Y DEJO MI ALMA A DIOS.

La persona es más que el cuerpo. Tenemos cosas buenas, hechas con mucho amor, aunque sean sencillas. No pueden morir. Tenemos un corazón que no puede dejar de amar. Y un alma maravillosa que Dios nos ha prestado para que se la entreguemos al final.

  • San Juan de la Cruz dejó unos versos admirables para este momento:

 

“Quedéme y olvidéme

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado”

Verbos de desapego, de desarraigo, de abandono. Me gusta decir: “Son verbos “desmayados”. En esta vida todo cae, todo se debilita, todo se acaba. Lo importante es saber que hay alguien que sostiene nuestros desmayos, cuida nuestras caídas y  levanta nuestros corazones desolados: Son las manos anchas y calientes de nuestro Padre Dios.

Palabra del Papa.

En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, tantas familias demuestran, con los hechos, que la muerte no tiene la última palabra y esto es un verdadero acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto – incluso terrible – encuentra la fuerza para custodiar la fe y el amor que nos unen a aquellos que amamos, impide a la muerte, ya ahora, que se tome todo. La oscuridad de la muerte debe ser afrontada con un trabajo de amor más intenso. «¡Dios mío, aclara mis tinieblas!”, es la invocación de la liturgia de la tarde. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de aquellos que el Padre le ha confiado, nosotros podemos sacar a la muerte su “aguijón”, como decía el apóstol Pablo (1Cor 15,55); podemos impedirle envenenarnos la vida, de hacer vanos nuestros afectos, de hacernos caer en el vacío más oscuro. Papa Francisco (17-06-2015)

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra. (Silencio)

5.- Propósito: Una visita al cementerio nos da una lección de cómo debemos vivir.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, qué bien me ha hecho la visita que hoy he hecho al cementerio. He tenido una mirada realista de lo poco que soy. Dentro de poco yo también seré habitante de esa casa. Pero, junto a esa mirada realista sobre la precariedad de mi vida, he elevado mi mirada al cielo donde me espera mi Padre Dios. El que recibió a Jesús después de la muerte me recibirá también a mí. Me basta con que Dios sea mi Padre para poder seguir viviendo en paz, incluso con alegría.

PDF: FIELES DIFUNTOS