Lectio Divina: 2 de noviembre de 2018

Fieles Difuntos

1.- Oración Introductoria.

Señor, ayer celebramos el día de todos los santos y hoy la liturgia nos invita a celebrar la Misa por nuestros difuntos. Y hay una relación entre un día y otro. De hecho los cristianos llamamos al lugar de los muertos “campo santo”, es decir, un campo sembrado de santos. Haz, Señor, que yo rece hoy por mis difuntos y eleve mi mirada por encima de las tumbas, como hizo Jesús sobre la tumba de Lázaro. No es cuestión de mirar el cadáver sino mirar al cielo donde está nuestro Padre Dios donde Él nos espera para darnos el abrazo definitivo.

2.- Lectura reposada del evangelio: Juan 14:1-4

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis.  Y sabéis adónde yo voy; y sabéis el camino.

3.-Qué dice el texto.

Meditación-reflexión sobre una visita provechosa al cementerio. ¿Qué he visto en el cementerio? Lágrimas, flores y gente rezando.

  1. A) Lágrimas. He visto llorar a las personas, especialmente a las que acaban de perder algún ser querido. Son lágrimas de impotencia. Mientras hay vida hay esperanza, y hemos luchado hasta el final. Pero hay un momento en que los médicos tiran la toalla y dicen: ¡hasta aquí hemos llegado! La muerte nos aboca a todos a pensar en nuestra limitación, nuestra fragilidad, nuestra impotencia. Aquí debería quedar abatido nuestro orgullo, nuestra soberbia. ¡No somos nada! Y, sin embargo, esa nada que yo soy, es amada por Dios. La última palabra no la tiene la muerte sino el amor. “Cuando yo le digo a una persona: te amo, es como si le dijera: tú no morirás” (G. Marcel).
  2. B) He visto flores, muchas flores. Son símbolo del amor. Es como decir a nuestros seres queridos: No os hemos olvidado. Estáis vivos en nuestra memoria y en nuestro corazón. Queremos cubrir vuestros huesos fríos con el manto de nuestro cariño.
  3. C) He visto rezar. Cada uno en su tumba, guarda silencio y reza. Entre nosotros y nuestros difuntos no hay un muro que nos separa sino un puente de fe y de amor que nos une. Cuando San Ignacio mártir iba camino del martirio para ser devorado por las fieras, decía: “Bello es que el sol de mi vida se apague, para que en Él yo amanezca”. Cuando el sol se pone por el Occidente, da la impresión que desaparece; pero no es así: va a iluminar otros mundos. Un día yo también me pondré, como el sol, pero me pondré con el Sol que es Jesús.

Palabra del Papa.

En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, tantas familias demuestran, con los hechos, que la muerte no tiene la última palabra y esto es un verdadero acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto – incluso terrible – encuentra la fuerza para custodiar la fe y el amor que nos unen a aquellos que amamos, impide a la muerte, ya ahora, que se tome todo. La oscuridad de la muerte debe ser afrontada con un trabajo de amor más intenso. “¡Dios mío, aclara mis tinieblas!”, es la invocación de la liturgia de la tarde. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de aquellos que el Padre le ha confiado, nosotros podemos sacar a la muerte su “aguijón”, como decía el apóstol Pablo (1 Cor 15,55); podemos impedirle envenenarnos la vida, de hacer vanos nuestros afectos, de hacernos caer en el vacío más oscuro. Papa Francisco (17-06-2015)

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra. (Silencio)

5.- Propósito: Una visita al cementerio nos da una lección de cómo debemos vivir.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, qué bien me ha hecho la visita que hoy he hecho al cementerio. He tenido una mirada realista de lo poco que soy. Dentro de poco yo también seré habitante de esa casa. Pero, junto a esa mirada realista sobre la precariedad de mi vida, he elevado mi mirada al cielo donde me espera mi Padre Dios. El que recibió a Jesús después de la muerte me recibirá también a mí. Me basta con que Dios sea mi Padre para poder seguir viviendo en paz, incluso con alegría.

PDF:  FIELES DIFUNTOS

Autor: Raúl Romero