El Día del Seminario, que todos los años celebramos en la fiesta de San José, es una ocasión propicia para que todo el pueblo de Dios demos gracias por las vocaciones sacerdotales y pidamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. En este camino sinodal en el que estamos inmersos, estamos redescubriendo la importancia de todas las vocaciones en la Iglesia, que forman parte del Pueblo de Dios. Todas son necesarias, también las sacerdotales. 

Es verdad que las vocaciones al sacerdocio escasean. El problema es que ante el problema nos introduzcamos en un pesimismo paralizante, que no solo afecte a la pastoral vocacional, sino a toda la pastoral de la Iglesia y nos impida mantener la ilusión por anunciar con alegría el Evangelio y seguir luchando por generar comunidades vivas. 

Ante esta situación, es bueno perseverar en la oración por las vocaciones. Dios está en el origen de toda vocación; llama a los que misteriosamente lleva en el corazón. Sólo Dios puede tocar el espíritu del hombre y decir con voz potente: «Sígueme». Como toda vocación es don de Dios, a Él debe ser solicitada y agradecida.

También es importante dar testimonio: vivir y proponer el Evangelio en toda su belleza, grandeza y exigencia. Sería un engaño y una infidelidad disminuir las exigencias del seguimiento de Jesús. Si no seguimos realmente a Jesucristo, no se colma el corazón, no se descubre la auténtica vocación, no irradiamos alegría. La alegría significa vivir centrados en nuestra misión y en nuestra pertenencia a la Iglesia. 

Esa alegría debe ser vivida especialmente por los sacerdotes. Esta se refleja en la serenidad, paz del corazón, convicción de haber acertado en el camino, invitando a todos los creyentes a responder a la llamada universal a la santidad y a los jóvenes a tomar decisiones que les comprometan. 

Un factor importante en la pastoral vocacional, y tan determinante como el papel de la comunidad, es el papel de la familia. Un hijo sacerdote en el seno de una familia cristiana era tradicionalmente un gran don. Para algunas familias lo sigue siendo y ayudan grandemente al hijo en su discernimiento vocacional. Pero por desgracia, en ocasiones, eso ha cambiado. Muchas familias cristianas aprecian el papel del sacerdote, pero no terminan de entender que su hijo pueda ser llamado. A parte de que ello pueda producir cierta frustración en el joven candidato, puede suponer también el no comprender lo que significa en el plan de Dios para su familia. Nuestra vida debe construirse desde una respuesta existencial a Dios, fruto de una vocación fundante al amor, que se concretará en distintos estados de vida. Entender que la vida cristiana es respuesta existencial de Dios, ayudará a las familias cristianas a entender que el Señor puede irrumpir en la vida de un hijo y llamarlo al sacerdocio.

Os pido que recéis por nuestro seminario: por los formadores y los seminaristas. Y que perseveremos también en pedirle al Señor que nos envíe santas vocaciones sacerdotales.