Opinión

Thalia Sancho

La Semana Santa que no se ve

31 de marzo de 2026

El otro día, en una iglesia, un niño que estaba a mi lado me hizo una pregunta que no he podido olvidar. Mirando una imagen de Jesús, me dijo: “¿Por qué Jesús vive y muere todo el rato cada año?”. No había ironía en su voz, solo una curiosidad limpia, de esas que no buscan una respuesta rápida, sino entender de verdad. Se quedó unos segundos más mirando y añadió: “¿Y eso le dolía?”. Y en ese momento pensé que, quizá, él estaba entendiendo mejor la Semana Santa que muchos de nosotros, porque nosotros ya casi no preguntamos: vemos, pasamos, repetimos, pero no nos detenemos, y cuando algo se vuelve costumbre deja de interpelarnos.

En cambio, un niño mira distinto, no da nada por hecho, no tiene respuestas cerradas, no reduce lo que ve a algo superficial, sino que lo vive en carne propia, desde la sorpresa y desde la necesidad de comprender. Y eso es precisamente lo que el Evangelio nos invita a recuperar, porque Jesús lo dice con claridad: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3). No es una llamada a la ingenuidad, sino a una forma de mirar, una mirada abierta, confiada, capaz de dejarse afectar. También en otro momento dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10,14), y no es casual, porque Jesús se acerca a ellos porque en su forma de estar hay algo verdadero, una capacidad de amar sin condiciones, de confiar sin cálculos, de no esconder las preguntas; quizá por eso, cuando un niño se detiene ante una imagen de Cristo, no ve solo una figura, sino que intuye que ahí hay algo importante, aunque no sepa explicarlo.

Y eso es lo que muchas veces perdemos. La Semana Santa no es una repetición sin sentido, no es que Jesús “viva y muera” cada año, porque su entrega fue una vez y para siempre, pero lo que hacemos en estos días es volver a colocarnos delante de ese acontecimiento para comprenderlo de nuevo. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), y esa es la clave, porque no estamos viendo solo sufrimiento, sino un amor que llega hasta el extremo. Por eso la pregunta del niño es tan importante, porque cuando pregunta si le dolía, en el fondo está tocando el núcleo de todo: sí, le dolía, le dolía el cuerpo, pero también el abandono, la traición, la incomprensión, todo eso que también forma parte de nuestra vida, y, sin embargo, el Evangelio no se queda ahí, porque la cruz no es el final y la muerte no es lo último.

Eso es lo que, quizá, intentaría explicarle: que la Semana Santa no trata solo de dolor, sino de un amor que no se rompe ni siquiera en el dolor, que no es una historia que se repite sin más, sino una verdad que sigue teniendo sentido hoy, porque sigue hablando de nosotros, de nuestras heridas, pero también de nuestra esperanza. Pero cuanto más lo pienso, más creo que lo importante no era darle una respuesta perfecta, sino no perder su forma de mirar, porque en esa pregunta hay algo que nosotros hemos ido dejando atrás: la capacidad de detenernos, de no conformarnos, de mirar de verdad.

Vivimos todo el año deprisa, sin tiempo para el silencio, sin espacio para lo esencial, y la Semana Santa rompe con eso, pero solo si nos dejamos, solo si volvemos a mirar sin costumbre, como lo haría un niño. Porque, en el fondo, la fe no empieza cuando entendemos todo, sino cuando nos dejamos tocar, y quizá por eso Jesús nos invita a hacernos como ellos: no para saber menos, sino para recuperar una mirada que no se ha endurecido, una mirada capaz de reconocer el amor incluso en la cruz. Y puede que ahí esté todo, no en tener respuestas cerradas, sino en atreverse a mirar como si fuera la primera vez.

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas