La pobreza mata

Evidentemente, la pobreza mata y mata mucho.

La casualidad, las circunstancias o la Providencia te sorprenden muchas veces. Unas, de modo sencillo. Otras, con más fuerza y profundidad. En esta ocasión, a mí, con una mezcla de las dos. Y quiero comunicarlo. Solo eso y por eso.

Uno leyó la Biblia ‘entera’ hace ya muchos años (había que leerla entera por lo menos una vez). Esta lectura, me parece, no sirve de mucho. Conocemos la Biblia en el ‘trato diario contemplativo’, orando, meditando. Pero siempre quedan textos no conocidos del todo o no meditados con más frecuencia. A mí me pasa. Como en esta ocasión. La lectura del folleto “SABIDURÍA DIVINA” me ha ofrecido estos textos, entre otros muchos, que yo no tenía muy presentes:

“Quien explota al necesitado, afrenta a su Hacedor, quien se apiada del pobre, lo honra” (Prov 14,31).

“Quien desprecia a su prójimo, peca; dichoso quien se apiada de los pobres” (Prov 14,21).

                Tanto en positivo como en negativo, nuestra relación con el pobre, afecta a Dios. Jesús lo dejará definitivamenteclaro: “conmigo lo hicisteis”, en Mt 25,40.

“Quien niega el pan al pobre es homicida: porque el pan de la limosna es la vida del pobre; el que lo niega es homicida; mata a su prójimo quien le quita el sustento, quien no paga el salario al jornalero derrama sangre” (Eclesiástico -Sirácida- 34,21-22).

                Se nos proponen, en este último texto, los dos caminos de solidaridad con el pobre. Cuando faltan esos caminos, esos hechos, se impone la muerte del pobre, el derramar su sangre. La limosna, imprescindible en muchos momentos y situaciones, es ‘la vida del pobre’. El que no la da, se convierte en ‘homicida’.  La injusticia (‘quitar el sustento’, ‘no pagar el salario’), derrama sangre, mata.

                “A este fragmento del Eclesiástico se atribuye la conversión de Las Casas”[1]. También a los sermones del dominico Antonio de Montesinos[2], uno de los primeros y más radicales denunciantes de los abusos que cometían los conquistadores en América. Los textos de la Palabra de Dios, recogidos en el folleto ‘Sabiduría divina’, y la conversión de Bartolomé de Las Casas, recordada en el mismo folleto, son el origen de este comentario de hoy. Como decía al principio: circunstancias benditas de la vida.

                Sucede que la Palabra de Dios tiene estas cosas -la conversión, por ejemplo- cuando se la escucha, se la acoge y se intenta llevarla a la vida. Nos cuestiona recordándonos, por ejemplo en este texto, que la pobreza, toda pobreza, mata. Y que la pobreza va desapareciendo cuando va ganando terreno la limosna solidaria, sencilla y humilde. Y cuando la justicia, necesaria como el pan de cada día, reluce en la organización social y en las relaciones humanas en todos los campos de la existencia.

                La pobreza, cuando todavía no ha llegado a matar (¡¡¡!!!), ya pone de manifiesto el mundo de indignidad que hacemos entre todos y en el que vivimos, muchas veces, tan tranquilos justificándonos egoístamente: ‘Yo no tengo la culpa” “Yo no puedo hacer nada”. “¿Qué arregla mi limosna?” “Los ricos tienen la culpa”. “¿Para qué están los gobiernos y los políticos?”

La pobreza quita la dignidad humana al que la padece y a los que la provocamos, la mantenemos, no nos sentimos responsables y no hacemos ni poco ni mucho por aportar nuestro grano de arena, nuestra colaboración a pie de calle.

Queda el doble camino. O nuestra limosna humilde, escondida, que no busca medallas ni reconocimientos, que no humilla ni ofende: “porque el pan de la limosna es la vida del pobre; el que lo niega es homicida”. O, unidos a otros, con nuestro trabajo y compromiso solidario contra la injusticia, principal raíz de la pobreza: “mata a su prójimo quien le quita el sustento, quien no paga el salario al jornalero derrama sangre”. Propuestas de la Palabra de Dios.


[1] José I. González-Faus. SABIDURÍA DIVINA. Los pobres en los libros sapienciales de la Biblia. Cuadernos cristianisme i Justicia. N° 227. Nota 6, 31

Fray Bartolomé de Las Casas (Sevilla, 1474 – Madrid, 1566) fue un religioso dominico español, obispo de Chiapas (México), defensor de los derechos de los indígenas en los inicios de la colonización de América. Fue a América, siendo laico, con la mentalidad conquistadora de enriquecerse. En Santo Domingo, antes de su conversión, se ordenó sacerdote en 1512.Conmovido por los abusos de los colonos españoles hacia los indígenas, emprendió desde entonces una campaña para defender los derechos humanos de los indios. Las Casas publicó en 1552, en España, una serie de escritos críticos, entre los que se incluía la Brevísima relación de la destrucción de las Indias; en ella denunciaba los abusos de la colonización española con una amplitud de miras incomprensible para su época.

[2] Por ejemplo, su famoso discurso del 21 de diciembre de 1511: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? […] ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar” (Fragmento).