Al finalizar el curso pastoral, el sacerdote Nacho Cardona, delegado de Comunión de la Diócesis de Barbastro-Monzón, reflexiona sobre el camino recorrido este curso y pone la mirada en el 900 aniversario de San Ramón como modelo de unidad. Como recuerda el padre Nacho, la comunión no es simplemente una parcela de trabajo, sino el ideal donde confluye todo lo que la diócesis «es y hace», buscando que laicos y consagrados caminen juntos en el seguimiento de Jesús.
Uno de los puntos más destacados de este año ha sido la formación integral del clero, especialmente en el ámbito de la salud mental. A través de dos encuentros con la doctora Mercedes Nasarre, los sacerdotes han podido profundizar en su propia humanidad.
Esta iniciativa ha buscado acompañar a quienes habitualmente acompañan a otros, reconociendo que los consagrados, como cualquier persona, también enfrentan cansancio, angustia o soledad. Según la delegación, este ejercicio de «introspección» ha permitido a los presbíteros buscar un mayor equilibrio y sentir que no están solos en su misión.
El balance del curso arroja resultados muy positivos en cuanto a los retiros mensuales, el acompañamiento a la vida religiosa (CONFER) y la formación de laicos y animadores de la comunidad. En el otro lado, el «egoísmo personal» y el apego a formas de pensar resumidas en la frase «siempre se ha hecho así», se presentan como obstáculos para la innovación y la apertura a los demás. Ante esto, la delegación invita a romper esquemas para favorecer la sinodalidad que pide el Papa Francisco.
San Ramón y la vida religiosa
De cara al futuro, la diócesis se prepara para vivir con intensidad el 900 aniversario de la muerte de san Ramón. Esta figura histórica será el eje central de las actividades de formación y las peregrinaciones a Roda de Isábena, presentándose como un modelo de hombre que creó comunión incluso en situaciones de destierro y persecución.
Asimismo, entre las prioridades para el próximo curso destaca el objetivo de dar mayor visibilidad a las comunidades religiosas y de vida contemplativa. La intención es «poner cara» a las hermanas y hermanos que, desde el silencio de los monasterios en Barbastro, Monzón o El Pueyo, sostienen la vida diocesana con su oración y servicio.
Como señala Nacho Cardona, el mensaje final siempre ha de ser de esperanza y fraternidad, invitando a todos los fieles a sentirse «hijos de un mismo Padre» y a seguir construyendo una Iglesia que sea, ante todo, una comunidad de hermanos