La ciudad de Jaca volvió a abrir las puertas de su Semana Santa con un pregón que fue mucho más que un anuncio: una evocación profunda de la fe, la memoria y la identidad de un pueblo que vive estos días con intensidad singular. En el marco solemne de la catedral de San Pedro, el pregonero ofreció un texto cargado de belleza literaria y emoción contenida, en el que la tradición se entrelaza con la experiencia personal.

Desde las primeras palabras, el discurso situó al oyente en un clima casi místico: «El tiempo se detiene, Jaca abre sus venas y fluye una mezcla embriagadora de fe, recogimiento, nostalgia y devoción que lo impregna todo». Una imagen poderosa que resume el pulso espiritual de la ciudad durante estos días.
El pregón dibujó con precisión sensorial la atmósfera de la Semana Santa jaquesa: el silencio, el incienso, la luz de las velas, el sonido de los tambores. «Un silencio sagrado que sobrecoge», en el que «el eco de los tambores rebota entre los muros de esta catedral», mientras «el viento baja frío y limpio y es como si quisiera unirse al cortejo fúnebre de Cristo» .
No faltó la referencia a la vivencia colectiva de la ciudad, convertida en escenario de fe compartida: «La emoción de ver Jaca entera convertida en un escenario de devoción donde cada esquina guarda una promesa, un propósito, una lágrima o tal vez tan solo un recuerdo». Una emoción que, sin embargo, desemboca siempre en lo íntimo: «Cuando la mirada de la Virgen se cruza con la tuya […] ya no hay multitud, solo una conexión íntima, un susurro del alma» .
El pregonero subrayó también la fuerza de la tradición, entendida no como repetición, sino como transmisión viva: «La tradición no es repetir el pasado, sino mantener vivo el fuego que arde con fuerza desde hace siglos». En ese sentido, reivindicó la responsabilidad de custodiar y transmitir este legado a las nuevas generaciones, apelando incluso a referencias contemporáneas para subrayar la vigencia de la fe en el mundo actual .
El discurso alcanzó uno de sus momentos más significativos al describir la identidad espiritual de Jaca: «Aquí la cruz no pesa, se eleva hacia las cumbres y allá arriba la fe se hace montaña». Una imagen que conecta la geografía del Pirineo con la profundidad de la fe de sus gentes, en una ciudad «que hace mil años nació rezando» .
En la parte final, el pregonero dejó paso a una dimensión más personal, marcada por el agradecimiento, la emoción y la memoria. Reconoció el «orgullo indescifrable» de pronunciar el pregón en su ciudad y evocó a sus padres, ya fallecidos, en un momento de especial carga afectiva.
El pregón concluyó con una síntesis clara del sentido último de la Semana Santa: «La Semana Santa nos hace mejores personas», afirmó, antes de remitir al núcleo del mensaje cristiano con las palabras de Jesucristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» .
Con este pregón, Jaca inicia un nuevo camino hacia la Pascua, en el que tradición, fe y comunidad vuelven a entrelazarse en una de las celebraciones más arraigadas y significativas de la ciudad.