¿Fraternidad? ¡Sí! ¡Fraternidad!

Palabra santa. Realidad santa. Gozo profundo y sanante cuando es realidad santa.

            Palabra santa. Manipulada, tergiversada, abusada. Vale para todo, es decir, para nada.

            Palabra llamada a ser menos pronunciada y más encarnada. Por honestidad intelectual y cristiana.

            Palabra que prefiero no usarla mucho porque es palabra sagrada y realidad no siempre existente. Pero… la Palabra de Dios nos obliga, a pesar de que no siempre la obedezcamos.

            ”Todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8)

            No ‘maestros’: “porque uno solo es vuestro maestro” (v. 8).

            Ni ‘padres’: “porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (v. 9).

            Sí ´servidores´: “el primero entre vosotros será vuestro servidor” (v. 11).

            En la iglesia, reunidos, nos llamamos “hermanos”. ¿Nos sentimos así? ¿Nos experimentamos así? ¿Buscamos, en las celebraciones, un banco, un puesto, lejos de quien no queremos saludar? “Eso no es comer la cena del Señor” (1 Cor 11,20)

            Los sacerdotes nos llamamos, en papeles y sermones, hermanos…

            ¡Bendita fraternidad! ¡Maldito uso de palabra tan santa cuando no nos sentimos hermanos e incluso llegamos a no saludarnos, a no hablarnos! Sí, en la Iglesia, entre cristianos. A veces, simple y desgraciadamente, porque pensamos distinto o porque ‘ese me cae muy gordo’.

            En esta ocasión, escribo sobre la fraternidad porque he encontrado una bella reflexión y quiero compartirla. Es del obispo Luís Marín de San Martín, Subsecretario del Sínodo, en la apertura de la 53 Semana Nacional para la Vida Consagrada (Madrid. Abril 2024).

            Sobre la fraternidad, ”¿es suficiente hacer una consideración espiritual o es necesario dar algunos pasos más? ¿No sería una especie de burla hacer de la comunión y la fraternidad dos labores meramente espirituales en un mundo lacerado por la guerra y la injusticia, herido por el individualismo personal y los egoísmos colectivos, marcado por la insolidaridad, la manipulación, la aparente incapacidad de un diálogo abierto y la tendencia a la polarización? ¿Puede nuestra Iglesia presentarse legítimamente como un espacio de comunión cuando en no pocas ocasiones aparece dividida y enfrentada? ¿Por qué nos atrevemos a hablar de fraternidad si no la practicamos en el grado y la manera que cabría esperar? ¿Tiene la Vida Consagrada (los sacerdotes, los laicos, todos los cristianos, añado yo) algo que decir y aportar sobre el particular, cuando su aparente incapacidad de ser relevante en nuestra sociedad consume la energía necesaria para hacer propuestas atractivas?” Debemos “plantear la comunión y la fraternidad no como bienes adquiridos, o espacios de su propiedad, sino como tareas siempre pendientes, procesos abiertos”.

            Así es. La fraternidad nunca es algo adquirido. Humanamente, creo, imposible. Pero es la misión de la Iglesia. Nuestra misión. El ideal tras el que caminamos y debemos ir construyendo. Siempre.

            Por tanto, la Iglesia debe realizar su misión “a golpe de fraternidad. La fraternidad es el antivirus de nuestro mundo, excesivamente individualista. El ser humano está solo y es más manipulable… Dios tiene algo que decir ahí y desde la Iglesia podemos ayudar a vivir de otra manera” (Card. José Cobo, arzobispo de Madrid[1]). Porque el ser humano está solo y es más manipulable. Solo y perdido en la masa. Quizás la masa es la mayor soledad porque nos hace creer que no estamos solos. Perdidos en la masa sin libertad y sin cuestionarnos nada. La felicidad de la superficialidad.       

Porque ”todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8)”. Y esto se vive en la fraternidad, aunque sea poca, pero realmente buscada y trabajada.


[1] Rev. Ecclesia. Nº 4130. Abril 2024. 22.