Esperanza: resistir y crear

            Si solamente fuera ‘resistir’, la esperanza sería cerrarse a lo nuevo solamente porque es nuevo. Porque ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’ y hay que mantenerlo y defenderlo. “Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad, juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos” (San Agustín. Sermón Caillau Saint-Yves 2, 92). Cualquier tiempo pasado creemos que es mejor simplemente porque no lo vivimos, porque no fue el nuestro.

            Sin embargo, la realidad es que todo tiempo tuvo, tiene y tendrá sus propias dificultades, sus propias alegrías, su esperanza siempre nueva. Y, así, el tiempo que se nos ha regalado para vivir, que nos toca vivir, es el mejor de los tiempos, simplemente porque es el que se nos ha dado.

La esperanza sí que resiste a todo tipo de mal. Y lo rechaza. Claro que, si solo esa fuera su finalidad, la esperanza no crearía nada nuevo. Ya no sería esperanza, sino simple oposición al mal. Una esperanza que no tiene imaginación, ni ofrece nada, ni se compromete para ir acercando un futuro mejor para la naturaleza y la humanidad, pierde su esencia, deja de ser esperanza.

Una esperanza que solo pensara en ‘crear’, olvidando lo que ella misma imaginó e hizo, sería pura fantasía sin presente ni futuro para nadie. Ni para ella misma. El pasado se renueva en el presente y prepara el futuro. La esperanza es la actitud con mayor futuro. El futuro, cuando llega y se convierte en un presente mejor que el pasado, es hijo maduro de la esperanza.

Y el futuro que llega se convierte en un presente que imagina y va construyendo un nuevo futuro. Un futuro con raíces en el pasado y en un presente que se proyecta en la esperanza hacia el futuro.

La esperanza auténtica, la que no se pierde, es resistir y crear. No es un superficial optimismo ante la vida, ni un proyectarla solamente más allá de la muerte. No es un simple resignarse a que vivimos en ‘un valle de lágrimas’ que dará paso a un valle de alegría eterna. La vida aquí, en el mundo, tiene sentido en sí misma, con sus alegrías, dolores, esperanzas y frustraciones.

Esperar es creer que Alguien, más fuerte que nuestra limitación, da y dará sentido a tanto dolor humano. Esta fe nos regala la convicción de que el dolor humano, ya aquí, puede encontrar un sentido más allá de sí mismo. Esta convicción no es alienante, porque el dolor sigue ahí y no se puede negar. En sí mismo es algo rechazable, no querido, Y lo que da sentido al dolor es el amor que se pone en él.

Lo que da sentido al dolor es el amor. Por eso, la vivencia sana, esperanzada, del dolor lleva el don de la gracia de Dios y el trabajo personal del que sufre, como respuesta a la gracia.

La esperanza ‘resiste’ al dolor, a toda negatividad, al pesimismo como ambiente de vida. Y ‘crea’, como don de Dios, una actitud serena y comprometida ante cualquier situación humana.

“Asumir un estilo cristiano quiere decir no solo prever que en nuestros encuentros haya un momento de oración, y eso está bien, sino algo más: frente a las visiones culturales que corren el riesgo de anular la belleza de la dignidad humana y desgarrar la sociedad, os invito a cultivar un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se limite solo a las palabras” (Francisco a las Asociaciones Cristianas de Trabajadores Italianos -ACLI-.  1 junio 2024).

Una precisa -creo- definición de la esperanza: “cultivar un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se limite solo a las palabras”.