Flash de mi conversación (imaginaria) con Jesús sobre el Evangelio del XXX Domingo del tiempo ordinario – ciclo A – 25 de octubre de 2026
El relato del evangelista Mateo desemboca hoy en la abierta controversia que los grupos religiosos de Israel (fariseos, saduceos, maestros de la Ley…) mantuvieron con Jesús. Antes del fragmento correspondiente a este Evangelio (Mt 22, 34-40), Jesús había desmontado las objeciones de los saduceos. Éstos pertenecían a una clase rica y poderosa de Judea y de ella procedían varios sumos sacerdotes de la época contemporánea a Jesús. Los saduceos se habían enfrentado con Jesús a causa de un importante aspecto de la enseñanza sobre el Reino de Dios: nada menos que el anuncio de la resurrección de los muertos, que éstos negaban. Como escribió el evangelista, «los fariseos al oír que había hecho callar a los saduceos» tramaron con ellos un nuevo complot para poner a prueba a Jesús…
– Otra vez tenemos a tus enemigos buscando el modo de desprestigiarte ante el pueblo -he dicho a Jesús con la complicidad de una sonrisa-, aunque en esta ocasión me parece que no fueron demasiado hábiles. Un doctor de la Ley, que formaba parte del grupo, te preguntó cuál era el mandamiento principal de la Ley. Me sorprende que no se diera cuenta de que la pregunta era extremadamente sencilla y fácil de responder por cualquier israelita. Todos los israelitas piadosos recitaban cada mañana unas palabras del Deuteronomio que llamaban el “Semá”: «Escucha, Israel: Yahvé es nuestro Dios, sólo Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo te mando hoy…» Jesús tenía la respuesta cantada, como decimos coloquialmente…
– No creas -me ha respondido cogiendo la taza de café entre sus manos-. Aquel día, los fariseos intentaron poner de manifiesto que yo no sabía interpretar la ley de Moisés y que por tanto no era una persona digna de crédito. La pregunta era más complicada de lo que a primera vista te parece, pues respondía a una preocupación que tenían los fariseos y de los maestros de la Ley: el estudio de la ley de Moisés les había llevado a deducir una serie interminable de preceptos, que era imposible recordar y practicar. Ellos discutían entre sí sobre cuál era el mandamiento más importante en aquella serie interminable …
– Es decir: que esperaban que tú no supieras responderla y quedases en ridículo.
– Pienso que intentaban algo así -me ha dicho después de tomar un sorbo de café-.
– Pero tú fuiste más hábil que ellos: en lugar de decirles cuál es el mandamiento más importante, pusiste ante sus ojos un horizonte nuevo: hacer que cayeran en la cuenta de que todos los preceptos de la Ley se apoyan en una misma convicción: que sólo Dios es Dios. Les repetiste las palabras del “Semá”, que aquel mismo día habían recitado por la mañana y me imagino que pusiste énfasis en estas palabras: «sólo Yahvé», «con todo tu corazón», «con toda tu alma…»
– Vas acertando -ha respondido, levantando su mano para indicarme que quería seguir hablando-, pero no olvides que añadí un segundo mandamiento sobre el que no me habían preguntado, pero que yo no quería silenciar: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
– Es decir: que todos los libros inspirados del Antiguo Testamento desembocan en estos dos mandamientos -he concluido-. No nos apoyamos en una complicada lista de preceptos, sino en estos dos mandatos que se implican y se reclaman mutuamente. ¿Por esto dijiste al escriba que te había preguntado que no estaba lejos del Reino de Dios como recoge el evangelista Marcos al narrar esta escena?
– Y tú tampoco estás lejos del Reino, si los pones por obra.
| Lectura del santo Evangelio según san Mateo (22, 34-40).
Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas. Palabra del Señor. |