Mucho se ha escrito acerca del trabajo que han de llevar a cabo los sacerdotes, consagrados, laicos o misioneros en el seno de la Iglesia y el mundo: evangelización, anuncio de la Buena Noticia, incorporar nuevos cristianos por el Bautismo, ayudar al crecimiento de las Iglesias Locales, ser testigos de Cristo en el mundo, etc.

Probablemente todas ellas son necesarias, y otras muchas que ni siquiera somos capaces aun de imaginar pero que se encuentran ya en el pensamiento y en el plan de nuestro Dios Padre-Madre.

A veces los seres humanos, tendemos a imaginar que lo que está lejos de nuestra realidad es mucho mejor que lo que nosotros vivimos o más cerca de los designios de Dios…, o caemos en la tentación de “ensalzar exageradamente” el trabajo y la vida de aquellos que un día decidieron responder a la llamada de seguir a Jesucristo hasta las confines del mundo…Algunos de los que me conocen y siguen, en el camino de la vida, quedarían defraudados si vieran algunas de las comunidades que acompaño y con las que trato de celebrar la fe y la vida. Esas imágenes de iglesias con multitud de creyentes, probablemente existen, pero mi realidad – así como la realidad de otros hermanos sacerdotes misioneros: Rafa en Angola o Carlos en Japón- es bien distinta: pequeñas comunidades compuestas de varias familias, con muchos catecúmenos y problemas de diferente índole, para mantener viva la llama de la fe en medio de las tensiones de la vida.

Entonces, algunos, se estarán preguntando: ¿Para qué te marchaste a África? o ¿Cuál es tu trabajo o tarea allí? Y mi respuesta a día de hoy sería esta: para entretejer el don de la fe en medio de la vida de mi gente y remendar “los rotos”, las heridas producidas por el dolor, el miedo y la falta de confianza en el Señor.

Aquellos que forman parte de mi generación o anterior a ella, habrán conocido a sus madres tejiendo jerséis de punto cuando llegaba el invierno, o remendando los calcetines de deporte -en los que siempre “inexplicablemente” aparecía un agujero en el lugar del dedo gordo del pie-, o “poniendo rodilleras o coderas” para que ese pantalón o jersey ya remendado durará hasta el final del curso escolar.

Esos recuerdos de mi infancia, unidos a la experiencia de vida en África en la que tanto estoy aprendiendo, me llevan a pensar y a creer que mi ser misionero pasa en estos momentos por “entretejer” el don de la fe en la vida de las personas con las cuáles celebro, rezo, me río, me enfado, sufro, vivo…“Entretejer” con paciencia, desde la presencia silenciosa y el respeto, desde la constancia y el cariño, desde el acompañamiento y la gratuidad…“entretejer” con otr@s, porque nosotros solamente somos las agujas que maneja con “arte y delicadeza” el Artesano del Amor y de la Vida…“Entretejer” con aciertos y equivocaciones, “haciendo nudos” cuando erramos o se nos termina la paciencia y tenemos la tentación de dejar inacabada la misión a la cuál un día fuimos llamados…“Entretejer” sin plazos de tiempo, mimando el tejido y la labor, mostrando cómo se va avanzando cuando se trabaja con el corazón…

“Entretejer”, pero también “remendar”, porque son muchos los agujeros que aparecen en el transcurso del camino de la vida…“Remendar” es partir de algo que ya existe, es valorar aquello que fue y que ahora –por circunstancias- necesita de un parche, de un cosido o de un zurcido…

En esta sociedad “del usar y tirar”, son ya muchos los que no saben cómo remendar un roto en una prenda, o sanar una herida en el corazón o coser un agujero producido en el interior de una de nuestras comunidades…es más fácil decir no sé o no hacer nada… Y ¿Qué ocurre cuando nos gustaría entretejer y estamos casi todo el tiempo “remendando”, tratando de mantener lo ya creado sin crear nada nuevo…?

En esa tensión nos movemos y existimos, queremos entretejer el don de la fe y de la vida en nuestras gentes y comunidades; pero un abandono, un problema o un conflicto nos llevan a tener que ir rápidamente con aguja e hilo a remediar, a remendar el descosido producido por la debilidad humana…

Todos nosotros tenemos una misión: vivir la santidad del amor de Dios, “aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas” (Papa Francisco, “Gaudete et Exsultate” nº 94).