Encontrarse

                Tiempo de abrazos. Tiempo de encontrarse. Lo hemos dicho, lo hemos visto, lo hemos vivido, probablemente, en estos días. Y en muchas otras ocasiones normales, corrientes. Pertenece al hecho de existir, de vivir. Encontrarse es vivir. Vivir es encontrarse.

                Hay, o vivimos, encuentros y ‘encontronazos’. Vivimos encuentros diarios: en la calle, con los vecinos, con los compañeros de trabajo. Encuentros diarios que vivimos como algo tan normal y ordinario que no llegamos a valorarlos. A veces, solo los valoramos cuando experimentamos su falta y que ya no es posible encontrarse con esta o aquella persona de la familia, amiga, vecina… Se ‘fueron’ con Dios, decimos los creyentes en un Dios Personal y Padre. Y lamentamos no habernos ‘encontrado’ más, cuando todavía era posible. O se fueron a vivir en otro lugar y los echamos de menos.

                Olvidemos los ‘encontronazos`, aunque, reflexionados con esperanza, también nos ayudan a crecer en profundidad en la vida.

                Tampoco pensemos hoy en los encuentros no deseados, o que fueron y ya no son, o que experimentamos incluso buenos y enriquecedores y ahora los evitamos. Encontronazos o desencuentros que también entretejen nuestras vidas.

Ni hablamos de esos encuentros obligados que consisten en citarse en un determinado lugar para hablar, por ejemplo, de negocios o de temas que nos interesan. Ni, por supuesto, de encuentros para romper relaciones que han sido vencidas por el desamor.

No es suficiente hablar de ‘encontrar algo de forma inesperada o por casualidad, sin haberlo buscado’. Si es positivo para nuestra vida y la vida del otro: ¡Bendito encuentro no buscado, sino regalado!

Hay encuentros que son una bendición. Encuentros inesperados que no nos ’dicen nada` de entrada, pero dan lugar a una nueva amistad gratificante. Benditos y bienvenidos sean tales encuentros.

Se trata simplemente de ejemplos positivos y negativos -hay muchos más- de algo que necesitamos como seres humanos: encontrarnos. La necesidad de encontrarnos, de relacionarnos más allá del trabajo, de la obligación, del interés, de la vecindad… Ojalá esas situaciones sean también causa de encuentros más allá de la pura convivencia o de coincidir en el mismo trabajo o condición personal.

Hablamos de algo más profundo y vital. Los seres humanos no vivimos solamente de la carne, de la materialidad. Somos, no solamente ‘somos también’, seres espirituales, abiertos más allá de nosotros mismos, incluso a la transcendencia, a Dios.

Por tanto, estamos hablando de encuentros profundos, amicales, humanos, de persona a persona. Esos encuentros tan necesarios como el aire que respiramos o el agua que bebemos.

Lo contrario del encuentro es la soledad. Por eso, visitar, ‘perder el tiempo’ con personas que sabemos que están solas, es uno de los mayores regalos, o el MAYOR, que podemos ofrecerles. Ofrecerles nuestra persona y nuestro tiempo. No hay ‘regalo’ más gratificante y esperanzador.

Y los ’regalados’ con estos encuentros gratuitos, responden siempre con una gratitud impresionante. Seguro que todos tenemos en nuestra vida esa experiencia. No solamente la de visitar, sino también la de ser visitados gratuitamente.

                Encuentros que engendran alegría en los ‘encontrados’, en el uno y en el otro. Encuentros que nos devuelven la esperanza. Encuentros diarios y necesarios, que quizás solo valoramos cuando ya no existen, se ha perdido la posibilidad.

                Encuentros en el espíritu, en lo íntimo, en la fe. Encuentros en el amor y en la sencillez. La sencillez y el amor hacen grandes, auténticos, los encuentros. Si faltan estos, nos topamos con el postureo, con la falsedad, con la hipocresía.

                Que los encuentros alegren nuestra vida. Los sencillos y habituales de cada día. Y los especiales o inesperados. Todos.

                Encontrarse con el OTRO, con los otros es vivir. Vivir es encontrarse con el OTRO, con los demás, con todos y siempre.

                Estamos celebrando el GRAN ENCUENTRO: DIOS CON NOSOTROS. No solo en Na-ti-vidad, sino siempre y en todo lugar.

                Que el encuentro con 2023 sea fantástico porque se nos ofrece una nueva oportunidad. Una nueva oportunidad para amar y trabajar por un mundo mejor, por un mundo nuevo, ¿por qué no?, en el que “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is 2,4).