El obispo de Barbastro-Monzón predica ejercicios espirituales en México

Al terminar la misa del domingo de Resurrección en la plaza del Mercado de Barbastro, el obispo don Ángel Pérez Pueyo se desplazó a la ciudad mexicana de León para dirigir una tanda de ejercicios espirituales a la Comunidad de las Esclavas de la Eucaristía y de la Madre de Dios. Hasta el 9 de abril, que regresará a España, reside en el Colegio Miraflores, en la misma habitación donde se hospedó el papa emérito Benedicto XVI durante su viaje apostólico a México, en marzo de 2012.

“No deja de ser una emoción contenida el poder estar utilizando su mismo dormitorio y vivir la eucaristía en una capilla que sigue sus pasos”, apunta monseñor Pérez Pueyo, al tiempo que destaca la profunda experiencia interior que está viviendo junto a treinta hermanas de distintos puntos de México y Estados Unidos: “Solo Dios sabe lo que está haciendo con este puñado de monjas humildes, sencillas y entregadas, pero yo estoy sacando lecciones de vida y de fe que no tengo palabras para agradecer”.

Fermento en la masa

La Comunidad de las Esclavas de la Eucaristía es un ejemplo, en palabras del propio obispo, por el “efecto multiplicador, de fermento en la masa, que ejerce en todo México a través de la educación”. El vínculo de D. Ángel Pérez con esta congregación se remonta a los años 90, cuando fue elegido miembro del consejo general de los Sacerdotes Operarios Diocesanos.

No en vano, la madre Salud, “el alma de la comunidad en México”, apunta Pérez Pueyo, estuvo en su ordenación episcopal en Barbastro, descubriendo las posibilidades de futuro que existen en el Alto Aragón: “Es una mujer gallega dotada de una fina sensibilidad espiritual, con visión providente, que llegó desde Orense hace más de 60 años y ha creado una verdadera red educativa capaz de transformar la sociedad mexicana”.

Por ello, aunque el obispo de Barbastro-Monzón confiesa entre risas haber viajado a “regañadientes, porque son muchas las cosas que uno deja entre manos”, quiere exprimir al máximo estos días para compartir con su diócesis esta experiencia de fe y comunión. “Siento cómo la mano de Dios es benévola y grande. Yo soy el más bendecido”, concluye.