El bautismo de Jesús – Carta del obispo de Tarazona del domingo, 11 de enero

Vicente Rebollo Mozos
9 de enero de 2026

Como último momento de las fiestas de Navidad y principio de la predicación del Reino por parte de Jesús, celebramos el próximo domingo, 11 de enero, esta fiesta del Bautismo del Señor.

El Evangelio nos presenta a Juan Bautista y a Jesús en ese diálogo en el que, Juan quiere acoger con todo respeto al Mesías mostrando su superioridad y la llegada del tiempo nuevo y definitivo de la redención, y Jesús quiere mostrar la continuidad de toda la Historia de la Salvación y también, quiere identificarse con el pueblo sencillo que busca a Dios como fuente de esperanza para su vida, en espera de la redención permanente.

En este momento redentor, habla el Padre de forma definitiva enviando al Espíritu Santo después de que Jesús es bautizado, mostrando que es su Hijo, el Amado, el que cambia para siempre la historia porque viene a redimirnos. Se muestra así, la primera teofanía de la Trinidad, el Padre, el Hijo, Jesús bautizado y, el Espíritu Santo descendiendo en forma de paloma sobre el hijo Amado. Así comienza el tiempo de Jesús y el de la predicación del Reino.

Así, por medio del sacramento del bautismo comienza la obra de la redención de Dios en cada uno de nosotros. El misterio del Dios Amor que hemos contemplado en Navidad llega a nuestras vidas recibiendo cada uno de nosotros, de forma real, la condición de hijos de Dios, llamados a vivir como tales para siempre. Esto es posible porque el agua del bautismo nos regenera plenamente, Dios nos introduce en su Reino. Así lo expresaba Jesús en su diálogo con Nicodemo, “En verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de los cielos” (Juan 3, 5). El papa Francisco nos lo recordaba en la fiesta del Bautismo de 2024, “En el bautismo Dios entra en nosotros, purifica y sana nuestro corazón… es el don de una vida nueva, llegar a ser en Jesús hijos de Dios amados para siempre

Quizá, sea esta la tarea más laboriosa que tenemos que acometer como consecuencia de nuestra condición de bautizados, dejar entrar a Dios en nuestra vida, dejarnos querer y sentir la vida nueva que hay dentro de nosotros para vivir como hijos de Dios. Es importante para ello, que no veamos el bautismo como una carga, sino como el mayor don, la más alta dignidad que podemos alcanzar y que se concreta en una vida de santidad, en la vivencia del mandamiento del amor, sintiéndonos todos miembros activos de la Iglesia. Con palabras de San Pablo, “todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo” (I Cor 12, 13), el cuerpo es la iglesia, la familia de los hijos de Dios a la que pertenecemos desde que nos bautizan. El Bautismo nos capacita con fuerza para la misión de ser testigos del amor de Dios por todo el mundo; el que se siente amado, ama; el que descubre el amor de Dios en su vida, ya no lo abandona y quiere que todos lo experimenten y lo hagan vida en su vida.

En este día del Bautismo del Señor recordemos nuestro propio bautismo con actitud agradecida y comprometida.

 

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