Del 24 al 29 de junio del 2024 tuvo lugar una nueva edición de la Convivencia de Monaguillos que desde hace décadas impulsan sacerdotes y jóvenes monitores que trabajan en la Archidiócesis de Zaragoza. En todas las ediciones hemos contado con la presencia de nuestro Arzobispo; este año ha estado los dos últimos días; entre otras cosas, nos ha impulsado a dar gracias a Dios que ha venido a nuestro encuentro durante los días del campamento y a crear un clima vocacional donde los niños y jóvenes puedan descifrar más fácilmente la llamada de Dios.

¿Qué ha ocurrido estos días en la Convivencia? ¿Para qué existe? No pensemos que se les dice que sean sacerdotes. Nuestro único interés es que estos chicos se acerquen y se enamoren de Jesucristo: desde esa intimidad con Jesús podrán estar atentos a la voz de Dios y disponibles para cualquier vocación, sea la que sea.

Este año destacaría una alegría contagiosa no programada que nos ha llevado a todos en volandas durante todo el campamento. ¿De dónde viene esa alegría? De la normalidad con la que han vivido todos su fe. Sabemos que estos niños no viven habitualmente en sus clases en un ambiente de fe; no les resulta fácil manifestar en público aquello en lo que creen; no es infrecuente que se sientan raros entre sus compañeros de clase y amigos. Por eso, las familias y las parroquias son oasis de paz y de normalidad para estos chicos en algunos momentos de la semana. Pero en este campamento hemos convivido casi durante una semana: nuestra vida era la convivencia. Ahí está la causa de alegría: vivían una vida llena de Dios, de deportes y juegos, y todos a una, sin sentirse raros, sin tensión alguna: era una vida normal, con compañeros normales, con una fe normal, con juegos normales, y así todas las horas del día y todos los días de la semana.

Y, ¿cuál fue el mensaje de la Convivencia? La misma convivencia: continuad la vida que aquí habéis tenido, llevad una vida normal. En la convivencia el trato con Dios se entrelaza con toda naturalidad con el juego, los deportes, los amigos y el estudio. Por eso nos llegan anécdotas de los padres cuando los chicos llegan a casa: algunos se ponen a rezar el Rosario porque quieren ser chicos normales. Que la Virgen del Pilar proteja esta bendita alegría y normalidad de los monaguillos y a sus familias.

Jorge Castro Trapote, párroco de San Pedro Arbués