Flash sobre el Evangelio del Domingo de Pentecostés (23/05/2021)

Cincuenta días después de la Pascua, los judíos celebraban la “fiesta de las semanas”, recordando su llegada al Sinaí y la entrega de la Ley a Moisés, en medio de truenos y viento huracanado. Con una escenografía parecida -viento recio y lenguas como llamaradas-, el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-11) describe el cumplimiento de una promesa de Jesús: el envío del Paráclito, también cincuenta días después de su resurrección (Jn 15, 26-27; 16, 12-15). Hay de qué hablar en el café de este domingo.

– ¡Menudo revuelo organizasteis en Jerusalén tú y el Espíritu aquel día de Pentecostés! -le he dicho al tiempo que nos acercábamos a la barra para pedir los cafés-.

– Estaban avisados y sabes que cumplo mis promesas -me ha respondido con calma-. Aunque a aquellos judíos les costaba creerme, y hay que comprender que mis discípulos estuvieran algo aturdidos, después de las sorpresas vividas en aquellos cincuenta días.

– Así es -he musitado recogiendo los cafés que traía el camarero-. Pero también nosotros estamos sorprendidos. Tú llamaste al Espíritu el “paráclito”, con un amplísimo significado: ayudante, asistente, sustentador, protector, abogado, procurador, animador, iluminador…, y algunas veces tenemos la sensación de estar solos.

– Porque “si no veis signos y prodigios, no creéis”, como dije a aquel funcionario que me pedía que fuese a su casa para curar a su hijo.

– Ya sabes de qué barro estamos hechos y algún signo, de vez en cuando, no nos vendría mal.

– Y no os faltan; sólo que tenéis que ser capaces de verlos. Para que refresques la memoria: la pervivencia de la Iglesia a lo largo de la historia humana, a pesar de lo mucho que habéis hecho para destruirla y desacreditarla, ¿no es un signo de la presencia del Espíritu? No pienso sólo en las persecuciones por parte de los que están fuera, sino en los pecados de los de dentro. Sin el Espíritu, que la guía y sostiene, ¿no haría tiempo que se hubiera diluido como un castillo de arena en la playa cuando llegan las olas? Y, por hablar de cosas más cercanas, ¿quién esperaba que un Papa tan mayor como Juan XXIII pusiera en marcha un Concilio tan renovador como el Vaticano II? Y el año pasado, ¿la Iglesia en España no vivió un “renovado Pentecostés” con el Congreso de Laicos…? Cada día y en lugares muy diferentes, aparecen conversiones, gestos de entrega y generosidad, testimonios y otros signos que parecen imposibles en un clima tan contaminado como el que, a veces, respiráis en vuestro mundo…

– No sigas -le he interrumpido para no sentirme apabullado-. Ya veo que el Espíritu que prometiste no está ocioso; lo que pasa es que…

– Lo que pasa es que, si no veis constantemente signos y prodigios, os entra el miedo a la soledad y ésta os acongoja -se ha adelantado a concluir-. No os iría mal un poco de paciencia y de confianza en mis promesas, pues ya habéis podido comprobar que cumplo lo que digo.

– Tienes razón -he reconocido con docilidad-, y deberíamos recordar que dijiste: “cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena, porque ahora no podéis cargar con todo lo que me queda por deciros”.

– Pues para que logréis descubrir cada día lo que aún os queda por captar de mi mensaje, vamos a rezar tú y yo juntos una estrofa de la secuencia de este día: «Ven, dulce huésped del alma, / descanso de nuestro esfuerzo, / tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, / gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos».

– ¡Amén! -he concluido satisfecho y pagando los cafés-.