Así nos quiere el enemigo: con la boca cerrada. Los cristianos somos como los demás, igual de débiles, de cobardes, de egoístas, pero tenemos una Luz y un Maestro. Esa Luz no es para esconderla debajo del candelero, sino para que alumbre, como nos recuerda Jesús en el Evangelio.

Alumbrar y dar luz, mas que brillar, iluminar la existencia de los que nos rodean para que lleguen a la fuente de la Luz, al Maestro. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto hablar y dar razón de nuestra esperanza? Las razones podrían ser varias, pero hay dos muy poderosas: la comodidad y un falso respeto a la libertad.

Por comodidad, callamos y no damos testimonio cristiano en temas cruciales del mundo que nos ha tocado vivir, ante situaciones personales contrarias a la dignidad de un hijo de Dios, etc. Para hablar a los demás de Dios, hace falta formación. Para dar una visión cristiana de cualquier tema, hace falta formación, porque una cosa es opinar y otra tener criterio.  Y formarse, cuesta.

Por eso muchas veces nos quedamos en nuestra zona de confort con la excusa de que ya damos ejemplo (si es que lo damos) y pensando que fray ejemplo es el mejor predicador. El ejemplo, por supuesto, es lo primero, porque sin él, no tenemos ningún prestigio moral  ante los demás. Pero si no les explicamos el porqué de nuestro actuar y pensar, el para qué de nuestra entrega diaria en la familia o el trabajo nos podrán, como mucho, admirar como una bella obra de arte, pero ni sabrán qué camino deben recorrer ni verán ese estilo de vida posible para ellos.

El otro freno interior para hablar es un falso respeto a la libertad del otro. ¿Cómo le voy a decir yo lo que tiene que hacer?, ¿quién soy yo para dar lecciones a nadie? Efectivamente, nadie, nosotros no somos nadie, pero Él sí. No transmitimos un mensaje propio, le transmitimos a Él. Somos sus «voceros» y por eso nuestra boca debe estar abierta para ser apóstoles del siglo XXI, con el ejemplo y con la palabra.

No tengamos miedo a expresar todo lo que vivimos y sentimos, la alegría de sabernos hijos del mejor Padre, que da sentido a nuestra vida.