Flash sobre el Evangelio de la fiesta de la Asunción de María

Tendría que ser la Madre quien nos preparara hoy el café; es lo que ocurre en nuestras casas. Pero María nunca preparó un café, porque entonces en Palestina no sabían qué era el café. Así que, puesto que ahora está en cuerpo y alma en la gloria del Padre, tendremos que invitarla a nuestro café dominical. Pero veo que Jesús se ha adelantado y viene con su Madre.

– Hoy viene también mi Madre, ya que es la fiesta de su Asunción, y no me parecía bien dejarla en casa -ha dicho Jesús en cuanto me ha visto-. Además, voy a pedirlo con churros, que estamos de fiesta.

María me ha sonreído, ha meneado la cabeza mirando a su Hijo y ha dicho con tono de excusa:

– Mi Hijo se ha empeñado en que viniese…

– Y ha hecho bien. Te hubiéramos echado de menos -la he atajado-. Yo pensaba llamarte, pero Jesús se me ha adelantado.

– Es que todavía tienes que aprender de mi Madre que el amor es diligente. ¿No has escuchado, en el Evangelio de hoy (Lc 1, 39-56), que ella demostró su fe con la caridad? En cuanto creyó la Palabra que el Padre le envió por medio del ángel, se puso en camino hacia la montaña para ayudar a su prima Isabel en el trance del alumbramiento de Juan.

– Así es -he terciado, mojando un churro en mi café-. ¡Qué deliciosos están estos churros!

– Es que mi visita a Isabel -ha reconocido María con admirable sencillez- no fue sólo el encuentro de dos mujeres embarazadas, para contarse sus secretos, sino sobre todo el primer encuentro de dos hijos, de los que dependería la salvación del mundo. Isabel me confesó que, en cuanto escuchó mi saludo, su hijo Juan no dejó de dar saltos y pataditas en su vientre. Y una madre sabe muy bien cuándo y por qué sucede esto.

– Y yo -ha recordado Jesús-, que desde el vientre de mi madre percibí que el Padre se complacía en la humildad y pobreza de mi Madre, en su fe sencilla y confiada, y le decía por boca de Isabel: «¡Dichosa, tú que has creído!», me sentí feliz por estar en aquella casa donde todo era transparente y verdadero. Las promesas de mi Padre a Abrahán se estaban cumpliendo de un modo real y, al mismo tiempo, desconocido para los soberbios y poderosos.

– Todo esto es muy hermoso -he dicho sin poderme contener, aunque tenía la impresión de que iba a “meter la pata”-. Pero, ¿qué tiene que ver con la fiesta de la Asunción de María que celebramos hoy? ¿No hubiera sido preferible que la Iglesia hubiera escogido otro evangelio en el que esta fiesta apareciera con más claridad?

– ¿Con más claridad, aún? -ha dicho Jesús mirándome con paciencia y compasión-. ¿Qué celebráis en esta fiesta? Que mi Madre está ya en el Reino del Padre con su cuerpo y su alma, tal como ella fue en este mundo. Esto, que parece una utopía, y lo es, no quiere decir que no sea real, sino que es algo que no está aún en este lugar (oú = no; tópos = lugar), pero es verdadero, como la promesa de dispersar a los soberbios, de derribar el trono de los poderosos y colmar de bienes a los hambrientos, hechas por el Padre a Abrahán y proclamadas por mi Madre. Celebráis que mi Madre ya ha llegado a ese lugar y que, en ella, vosotros tenéis apoyo para trabajar por un mundo distinto donde esa utopía se haga realidad.

– Mejor habría estado callado, ¿verdad? “Ella es imagen y comienzo de la Iglesia, que llegará a su plenitud en el siglo futuro”. Lo he oído muchas veces, pero se me va la pinza.

-Olvídate -ha dicho María mirándome con cariño-, y ¡tengamos la fiesta en paz!