La alegría de la mañana del Domingo de Resurrección de este año se vio quebrada por el trágico accidente de Javier Sánchez, sacerdote de nuestra diócesis, que falleció finalmente en la madrugada del jueves de Pascua. No hemos hecho otra cosa que compartir nuestra sorpresa incrédula ante la noticia que fue corriendo de boca en boca, de mensaje en mensaje, mientras compartíamos la mala noticia no dando crédito, como si nuestra extrañeza herida y perpleja pudiera cambiar las cosas. Nuestra Iglesia diocesana está triste. 

Su fallecimiento no ha sido el desenlace final tras una larga enfermedad que minaba a una persona y que poco a poco nos iba preparando para aceptar y asumir el golpe último que siempre nos impone una muerte, sino del sobresalto fiero fruto de un desgraciado accidente con el que nadie contaba: ni su familia que le quería y le quiere, ni las monjas Concepcionistas que se estaban preparando para celebrar la Resurrección del esposo, ni los compañeros sacerdotes que le lloramos con desazón, ni nuestros cofrades de la Humildad que en el epílogo de la semana Santa reciben la peor de las noticias, ni la feligresía y los vecinos de San Gregorio que no tuvieron la oportunidad de celebrar con el la fiesta del triunfo de la Vida, ni tantos amigos que han encontrado en su música y en sus canciones la caricia y el rostro de un Dios cercano. 

Esta semana de Pascua suscitó en el corazón de muchos zaragozanos una santa rebeldía que en una situación así nos gritaba en los adentros y parecía situarnos de nuevo en la Semana Santa, junto a Jesús, que cuando le llegó su implacable momento abrió para siempre el callejón sin salida con el que nos acorrala la muerte. Una rebeldía que en el corazón del creyente se hace rezo sabiendo que “muerte” no es la última palabra que ha de escucharse en nuestra vida. Al contario, a pesar del dolor y la frustración sabemos que las últimas palabras que deben resonar en nuestra historia personal son resurrección y vida. Así lo proponen los relatos que escuchamos en los evangelios de este tiempo pascual en los que el Señor se nos manifiesta en lo inesperado para mostrarnos su triunfo definitivo: Resurrección es la última palabra que el Padre pronuncia después del silencio de tres días con Cristo en el sepulcro, de la que sus apóstoles y nosotros somos testigos.

Damos gracias por la vida de este sacerdote zaragozano dolorosamente fallecido. Por la impronta que sus manos sacerdotales y su música han dejado en tantos. Damos gracias por su cercanía a tantos hombres y mujeres de nuestros barrios en los que ha servido y que han recibido su palabra, amistad y compromiso para descubrir a Jesús. Y por estar cerca de los enfermos a quienes atendió en la pastoral hospitalaria y a las hermanas Concepcionistas a quienes cuido y protegió hasta el final. 

Nuestra Iglesia diocesana está dolida con la dramática muerte de Javier. Rezamos por el eterno descanso de su alma, por su madre, hermanos, familia y amigos. Y nos quedamos con la belleza de alguna de esas canciones que nos ha acompañado a muchos de nosotros en nuestra diócesis en momentos de oración: “Al amor más sincero, al amor sin fronteras, al amor que dio su vida por amor, encontré un día cualquiera. Y a ese amor sin fronteras, ese amor más sincero, ese amor que dio su vida por amor, le entregué mi vida entera”. ¡Descansa en paz!