El limosnero del Papa, que presidió la misa estacional del Pilar, invita a ser una Iglesia más evangelizadora, comprometida con los pobres y abierta a los desafíos actuales. En una entrevista concedida a Iglesia en Aragón, habla también de su misión al servicio de los más necesitados y de su estrecha relación con León XIV.
El arzobispo Luis Marín de San Martín, limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad, visitó Zaragoza el pasado 12 de octubre para presidir la misa estacional de la solemnidad de Nuestra Señora del Pilar. El religioso agustino, que hasta el pasado mes de marzo desempeñó el cargo de subsecretario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, conversó con Iglesia en Aragón sobre los desafíos de la evangelización, el compromiso de la Iglesia con los más vulnerables y la personalidad del papa León XIV, con quien compartió cinco años de vida comunitaria.
Su presencia en Zaragoza coincidió con una de las jornadas de mayor expresión de religiosidad popular en Aragón. Una celebración que, según reconoció, le permitió comprobar de primera mano la vitalidad de la fe de miles de personas que se acercaron a la Virgen del Pilar.
«La Iglesia está viva»
Marín se mostró especialmente impresionado por la participación de los fieles en los actos de la festividad. «La festividad de Nuestra Señora del Pilar nos hace ver la vitalidad del pueblo, de la religiosidad popular», afirmó, evocando las numerosas personas que acudieron con flores a la plaza y a la basílica para rezar ante la Virgen.
«La Iglesia está viva», insistió. Sin embargo, advirtió de que esta manifestación de fe no debe quedarse únicamente en la celebración, sino que ha de traducirse en un compromiso cristiano más profundo y en una renovada voluntad evangelizadora.
«Ojalá toda esta fiesta sea un impulso. Nos impulse a evangelizar. A no quedarnos cerrados, a no quedarnos en casa. A no tener miedo», señaló.
En este sentido, lanzó una exhortación especialmente significativa para las comunidades cristianas: «Hay que superar esta tentación de quedarnos en retaguardia. De cerrarnos en lo de siempre».
Para el arzobispo, la evangelización requiere creyentes capaces de salir al encuentro de los demás y de dar testimonios «sencillos, coherentes y alegres» de su fe, mostrando con su vida lo que significa la unión con Cristo y la pertenencia a la Iglesia.
La caridad, una misión que no tiene fronteras
El pasado mes de marzo, León XIV confió a Luis Marín la responsabilidad de dirigir el Dicasterio para el Servicio de la Caridad, desde el que se coordina la ayuda que se ofrece directamente en nombre del Pontífice a personas y comunidades necesitadas.
El arzobispo reconoció que se trata de «una enorme responsabilidad», pero también de una tarea que le permite entrar en contacto con la vitalidad de la Iglesia y con el testimonio de tantas personas comprometidas en la atención a los más vulnerables.
«Encontramos a Cristo que no se cierra en un despacho, sino que sale a buscar a los más necesitados, a los más desfavorecidos», explicó.
Esta experiencia le permite descubrir también la universalidad de la Iglesia y de una caridad que, según recordó, «llega a todos los rincones, no tiene fronteras».
Marín destacó que el servicio a los pobres no consiste únicamente en ofrecer ayuda material. Supone también una oportunidad para escuchar, aprender y recibir de quienes atraviesan situaciones de sufrimiento. «Es una oportunidad para dar, pero también para recibir de los pobres», afirmó.
«Muchas veces intentamos no ver el dolor que nos rodea»
Preguntado por las situaciones de pobreza y exclusión que más le han impresionado en sus primeros meses al frente del Dicasterio, el arzobispo señaló que las necesidades son numerosas y que, con frecuencia, el principal problema es nuestra dificultad para reconocerlas.
«Basta tener ojos para verlas. Muchas veces lo que intentamos es no ver el dolor que nos rodea, no ver a Cristo crucificado, a Cristo herido», lamentó.
Entre las realidades que reclaman la atención de la Iglesia mencionó a quienes necesitan alimentos, atención médica o un lugar donde dormir, tanto en Roma como en otras partes del mundo. También recordó a las víctimas de catástrofes naturales, como terremotos e inundaciones.
«Donde haya una necesidad, donde haya una persona que sufre, debemos sentirnos interpelados», subrayó.
El limosnero del Papa quiso reconocer especialmente la labor de las numerosas personas que colaboran en la acción social de la Iglesia. «La cantidad de personas que están implicadas en la acción social, en la Iglesia. Una bendición», expresó.
Para Marín, toda esta actividad caritativa nace del encuentro con Cristo y constituye una manifestación concreta de la fe. En este sentido, recordó también una convicción del Pontífice: «La mayor pobreza es no conocer a Cristo, vivir ajeno a Él».
León XIV, una persona «tranquila, reflexiva» y que «sabe escuchar mucho»
La entrevista permitió conocer también algunos aspectos de la personalidad de León XIV a través del testimonio de alguien que mantiene con él una relación especialmente cercana.
Luis Marín y Robert Prevost comparten la espiritualidad agustiniana y convivieron durante cinco años en la misma casa. Una experiencia que ha permitido al actual limosnero pontificio conocer de primera mano la dimensión humana y espiritual del Papa.
«Siempre ha sido como se muestra ser. Como se muestra, así es», afirmó al preguntarle por los rasgos de León XIV que quizá todavía no se conocen suficientemente.
Marín destacó, por encima de todo, la centralidad de la fe en la vida del Pontífice: «Cristo es el centro de la vida del Papa. Lo ha sido siempre, en la vida de Robert Prevost».
También subrayó su «inmenso amor a la Iglesia», que se traduce en una disponibilidad constante para atender sus necesidades.
En el plano personal, lo describió como una persona «tranquila, reflexiva», que «sabe escuchar mucho», reparte responsabilidades y cuida especialmente la comunión, las relaciones personales y la cercanía.
«Yo le admiro profundamente y le quiero profundamente», confesó. Y recordó que esos cinco años de convivencia le permitieron apreciar «la excepcional valía de la persona humana» que hay detrás de León XIV.
Una invitación a vivir la fe con esperanza
Más allá de su nueva responsabilidad en la Curia romana, monseñor Marín quiso aprovechar su visita a Zaragoza para transmitir un mensaje de esperanza.
La multitudinaria celebración del Pilar le permitió constatar la fuerza de la religiosidad popular, pero también plantear una pregunta de fondo: cómo transformar esa devoción en un compromiso cristiano cotidiano y en un impulso renovado para la misión de la Iglesia.
Su mensaje fue una invitación a abandonar el miedo, superar las inercias y salir al encuentro de los demás, especialmente de quienes más necesitan la cercanía de la comunidad cristiana.
Al despedirse, el arzobispo agradeció la acogida recibida en Zaragoza y expresó su emoción por haber participado en una celebración tan significativa: «Realmente estoy impresionado. Es un regalo precioso poder estar aquí hoy».
