Opinión

Rocío Álvarez

Gregorio Muñío, una vida contada desde las páginas de «Iglesia en Zaragoza»

2 de septiembre de 2026

Hay despedidas que cierran una etapa y hay despedidas que, con el paso del tiempo, adquieren el valor de un testimonio. La que Gregorio Muñío González escribió el 23 de octubre de 2011, en el que sería su último número como director de Iglesia en Zaragoza, pertenece a estas últimas.

«Este es el último número de IGLESIA EN ZARAGOZA que firmo como director», escribía entonces. Habían sido treinta y cuatro años al frente de esta publicación semanal, procurando llevar «puntualmente la voz de la Iglesia a miles de lectores». Hoy, al volver sobre aquellas palabras, resulta inevitable leerlas también como el balance de toda una época de la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Gregorio no quiso hacer en aquella despedida un relato de sus méritos. Prefirió recordar. Recordó los acontecimientos que, semana tras semana, habían ido pasando por las páginas de la Hoja: los pontificados de Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI; las visitas papales a Zaragoza; la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid; la constitución de la diócesis de Barbastro-Monzón; el Sínodo Diocesano de Zaragoza; las restauraciones de nuestro patrimonio religioso. Y, junto a los grandes acontecimientos, todo aquello que quizá nunca ocupó los titulares, pero que constituye la vida cotidiana de una diócesis: ordenaciones sacerdotales, encuentros pastorales, asociaciones, movimientos, religiosos y religiosas, campañas y tantos pequeños acontecimientos que daban cuenta de «cuánta vida y cuánta entrega a la evangelización».

Es precisamente ahí donde quizá encontremos mejor la huella de Gregorio Muñío como director. Entendió Iglesia en Zaragoza no solamente como un medio para informar de lo que sucedía en la diócesis, sino como un lugar desde el que reconocer y hacer visible la vida de una comunidad. Lo grande y lo pequeño tenían cabida. La noticia importante y la historia sencilla. El acontecimiento extraordinario y el trabajo cotidiano de tantas personas que sostienen la vida de la Iglesia.

Su despedida es también una muestra de gratitud. A los arzobispos Manuel Ureña y Elías Yanes, a los obispos de las diócesis aragonesas, a los colaboradores, a los directores de las demás hojas diocesanas, a quienes trabajaban en la administración, en las imprentas, en la composición, la maquetación, el cierre y el reparto. Gregorio sabía que una publicación no la hace una sola persona. Detrás de cada número hay siempre un equipo y, sobre todo, muchos hombres y mujeres que hacen posible que la palabra llegue a los lectores.

También supo despedirse mirando hacia adelante. «La Hoja queda en muy buenas manos», escribió al presentar al nuevo equipo dirigido por Enrique Ester Mariñoso. No había en sus palabras nostalgia amarga, sino confianza en la continuidad de una tarea que entendía como servicio.

Quince años después de aquella despedida, sus palabras adquieren una nueva dimensión. Gregorio Muñío ha partido a la Casa del Padre, pero muchas de aquellas páginas permanecen como memoria de una Iglesia que él ayudó a contar durante más de tres décadas. La Archidiócesis ha reconocido precisamente esa larga y fecunda dedicación: desde octubre de 1978 hasta septiembre de 2011 estuvo al frente de Iglesia en Zaragoza, contribuyendo a difundir la vida de la comunidad diocesana.

Hoy, quienes hacemos esta revista podemos volver la mirada hacia aquellas páginas y decirle, también nosotros, gracias. Gracias por tantos años de trabajo silencioso, por haber sabido mirar la vida de la Iglesia con atención y por haber dejado constancia de ella semana tras semana.

La Hoja continuó después de Gregorio. Y continúa hoy. Quizá esa sea la mejor manera de entender aquella despedida: no como el final de una historia, sino como la entrega de un testigo que otros recibieron y que seguimos llevando adelante.

Artículo de despedida de Gregorio Muñío en el número del 23 de octubre de 2011 en «Iglesia en Zaragoza»
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