El Monasterio de la Inmaculada de Monzón acogió un concierto-oración con motivo del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís

Diócesis de Barbastro-Monzón
5 de agosto de 2026

Hay momentos en los que la música deja de ser un concierto para convertirse en una experiencia de fe. Eso fue precisamente lo que sucedió en la tarde del 4 de agosto, cuando la capilla del Monasterio de la Inmaculada de las Hermanas Clarisas de Monzón acogió un concierto extraordinario dentro de los actos conmemorativos del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís.

Antes de que sonara la primera nota, el obispo de Barbastro-Monzón, Mons. Ángel Pérez Pueyo, invitó a los asistentes a comprender que no se encontraban ante un recital al uso. Explicó el sentido de esta propuesta musical, el marco del centenario y la dinámica que acompañaría toda la celebración: una breve introducción antes de cada pieza para descubrir el contexto espiritual de los textos franciscanos y, sobre todo, una petición poco habitual en nuestros tiempos: guardar los aplausos hasta el final. La razón era sencilla y profunda. Si, como recuerda la tradición cristiana, «quien canta reza dos veces», aquella tarde cada interpretación debía ser acogida como una oración compartida y no como una actuación interrumpida por el aplauso.

Y así fue.

Un piano, un violín y dos voces. No hizo falta nada más para que las enseñanzas de san Francisco se hicieran presentes en la capilla. Cristina, al piano y también poniendo voz a las composiciones, Rafa, al violín, y Antonio, completando el dúo vocal, condujeron a los asistentes por un recorrido espiritual de enorme delicadeza. Con los bancos completamente ocupados y las sillas supletorias también llenas, se hizo realidad aquella intuición del propio santo de Asís: «Predicad el Evangelio y, si es necesario, utilizad las palabras». Esta vez apenas hicieron falta. La música habló por sí sola.

El recorrido estuvo compuesto por nueve piezas inspiradas directamente en los escritos y oraciones de San Francisco, conduciendo a los presentes por los grandes ejes de su experiencia creyente. Desde la adoración a Cristo —Te adoramos, Santísimo Señor Jesucristo— hasta la oración ante el Crucificado de San Damián; desde las alabanzas al Dios Altísimo y la contemplación de la creación en el inolvidable Cántico de las Criaturas, hasta la profunda devoción eucarística del Pobrecillo de Asís. Cada composición fue construyendo un auténtico itinerario interior en el que la música parecía convertirse en una escalera directa hacia el cielo.

No era difícil comprender por qué, ocho siglos después, las palabras del santo siguen conmoviendo. En ellas continúa latiendo una fe sencilla y radical, una mirada capaz de descubrir a Dios en la creación, en la cruz, en la Eucaristía, en la fraternidad y en la paz.

El concierto fue avanzando sin prisas, respetando el silencio entre las piezas como parte inseparable de la propia música. En una sociedad acostumbrada al ruido permanente, ese silencio terminó siendo también una forma de oración.

El broche final llegó con una de las páginas más conocidas del legado franciscano: «Hazme, Señor, instrumento de tu paz». En esta última interpretación se unieron también las Hermanas Clarisas, felices y radiantes -como cada día en su vocación de oración y entrega- de seguir haciendo presente a Jesucristo vivo a través del carisma de San Francisco y de una música convertida en plegaria.

Entonces sí, cuando el último acorde se apagó y el silencio terminó de decir lo que la música había comenzado, la capilla estalló en un largo y emocionado aplauso. No era solo un reconocimiento a los intérpretes. Era el agradecimiento de toda una asamblea por haber podido experimentar que, cuando la belleza nace de la fe, deja de ser únicamente arte para convertirse en camino hacia Dios.

Porque aquella tarde, en el monasterio de las Hermanas Clarisas de Monzón, la música no solo sonó: rezó.

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