Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del XIV Domingo del tiempo ordinario – A – (05/07/2026)
El párroco ha empezado hoy la homilía diciendo que en el Evangelio de este domingo (Mt 11, 25-30) habíamos escuchado la “eucaristía de Jesús” e inmediatamente ha añadido que, con la palabra “eucaristía”, no se refería a lo que hizo en la última Cena, y cada domingo volvemos a hacer en memoria suya, sino a la oración de acción de gracias que brotó de los labios de Jesús y merece que sea meditada por cada uno de nosotros. Esta advertencia me ha hecho pensar que algún día tendría que hablar con Jesús sobre su manera de rezar, y tal vez ese día ha llegado…
– ¿Cuándo me contarás qué decías a Dios en tus oraciones? Los Evangelios nos recuerdan que, en momentos señalados de tu vida, pasaste la noche en oración, sobre todo antes de llevar a cabo alguna decisión comprometida como elegir a los Doce y enviarlos a predicar, por ejemplo. Pienso que saber cómo hablabas con Dios, tú que eres su Hijo amado, me ayudaría a rezar mejor de lo que lo hago, yo que sólo soy un hijo adoptado por Él.
– Es verdad que pasé noches en oración no sólo cuando tenía que llevar a término decisiones necesarias para anunciar que el Reino de los cielos ya estaba llegando, sino también en momentos especialmente difíciles de mi propia vida, como en la oración de Getsemaní. Allí me jugaba el aceptar cordialmente lo que el Padre quería, a pesar de las consecuencias…
– Así es; hablemos, pues, de la oración. ¿De qué hablabais tú y el Padre?
– Repasa el Evangelio de este domingo y lo sabrás. El evangelista ha recogido tres frases mías que te ayudarán para saber, mejor que largas explicaciones, de qué hablaba con el Padre cuando rezaba. La primera es: «Te doy gracias, Padre…». Los primeros cristianos conservaron la palabra “¡Abba!”, porque yo la decía siempre que hablaba a Dios. ¿Qué palabra mejor que “papá” o “mamá” expresa la cercanía de los niños con sus padres?
– Por supuesto, ahora me doy cuenta de que esa palabra está detrás o delante de tus oraciones.
– La segunda frase es que «estas cosas permanecen ocultas para los sabios y entendidos, pero resultan diáfanas para los pequeños».
– Supongo que los sabios y entendidos eran los maestros de la ley y los fariseos, que conocían la Ley de Moisés, pero rechazaron al que vino a darle su pleno cumplimiento, mientras que la gente sencilla te acogió.
– Pero no sólo ellos; también los que ahora creen saberlo todo y no están dispuestos a tomar en serio mis palabras. Y la tercera frase es la invitación a ser discípulos de aquella “sabiduría”, que proclaman los libros sapienciales de la Escritura. Por eso dije: «venid a mí», «tomad mi yugo», «encontraréis descanso…». La oración hecha con la confianza que tiene el niño en su papá produce siempre el efecto benéfico de dejar de experimentar el querer de Dios como un fardo pesado y empezar a sentirse libre en sus manos, aunque esto sólo los sencillos lo captan.
– No quiero despedirme sin darte las gracias por este ‘taller de oración’ y, sobre todo, por revelarme lo que tú conoces del Padre mejor que nadie.
Jesús me ha mirado a los ojos y me ha dicho: sigue siendo de los sencillos por los que hoy gracias al Padre y vete por la sombra, que estos días agobia el calor.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (11, 25-30).
En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.