Arrugas en el rostro

Jesús Moreno
17 de junio de 2026

Cada día que vivimos somos un día más mayores o más viejos. Como queráis. Esto es así, sin duda. O lo aceptamos y vivimos serenos con no pocas limitaciones. O no nos acogemos como mayores y podemos vivir tristes o incluso amargados y, de paso, amargamos a los demás.

O lo que roza con lo ridículo, o es ridículo: querer aparentar ser jóvenes. Lo que evidentemente no somos. Querer aparentar que somos jóvenes, no siéndolo de ninguna manera, nos convierte en dignos de compasión lastimosa por actitudes o comportamientos impropios de edades avanzadas.

Cuando se tienen 83 años, un ejemplo, solo se puede hacer la broma de decir que tenemos 38. Todos entienden, nada más escucharlo, que tenemos 83 y todos nos sonreímos un poco. No es un invento. Lo hemos hecho y funciona. Estos párrafos son una pobre introducción a algo que he leído esta semana y que me parece bueno difundirlo. Si ya lo has leído, leerlo otra vez no te hará ningún daño. Ahí va.

Se trata de una actriz, modelo y bailarina británica de la época dorada de Hollywood. Está considerada por el American Film Institute como la tercera mayor leyenda femenina del cine estadounidense: Audrey Hepburn (1929-1993)[1].  Los de mi edad, y los no tan viejos, seguro que la conocéis. Dicen que contaba con un arma de belleza infalible en la vejez (y a cualquier edad, añadiría yo): la bondad. ¿Os habéis fijado cómo envejecen los amargados, los resentidos, los feos por dentro? De modo no precisamente bello. Porque se pasan toda la vida tratando de disimular defectos y fealdades del alma para que luego asomen sus vergüenzas cuando la juventud ya no sirve de camuflaje.

Cuando alguien le preguntaba a la Hepbun por su estrategia para mantenerse joven y guapa, decía: “Para tener ojos bellos busca lo bueno que siempre hay en los otros. Para tener labios irresistibles, pronuncia solo palabras de bondad. A medida que te hagas viejo o vieja, descubrirás que tienes dos manos: Una para ayudarte a ti mismo. La otra para ayudar a los demás. Mi mayor victoria sobre los años ha sido aprender a aceptarme y convivir con mis defectos, fallos y contradicciones».

Muchos, desde luego, no hemos llegado a esta gran sabiduría que tanta belleza confiere, pero creo que todos podemos estar calentando en la banda. Proponiéndonos pequeños pasos para avanzar en bondad, cariño, afecto, empatía con todos y, de modo especial, con quienes observamos que más lo necesitan a nuestro alrededor, primer paso insustituible y necesario.

De momento, podemos apuntarnos ya -o comenzar a intentarlo- con esta sabia afirmación de sabiduría del aragonés Santiago Ramón y Cajal, que tan bien sabía tratar a la naturaleza humana, porque la contemplaba con ciencia y cariño: En la vejez, lo que más afea no son las arrugas del rostro, sino las del cerebro”.

O como nos han recordado estos días: “Primero el amor; después, la ciencia” (Antonio Gaudí)

Para que luego digan algunos sabidillos superficiales, que “los viejos” (lo de ‘ancianos’ es para ellos una palabra ridícula) no tienen nada que decirnos. Pobre sociedad que no escucha a los ‘viejos’: se pierde cantidades de sabiduría que le ayudarían a construir un mundo mejor.

[1] Cfr. LA RECETA DE AUDREY HEPBURN. Carmen Posadas. XLSEMANAL. Nº 2016. 14-20 junio 2026.

 

 

Este artículo se ha leído 48 veces.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Compartir
WhatsApp
Email
Facebook
X (Twitter)
LinkedIn

Noticias relacionadas