«Que quien me vea a mí vea a Jesús». El diácono aragonés, Álvaro Simón, proclamó el Evangelio en la misa con el Papa

David López
8 de junio de 2026

Entre los momentos más emotivos de la visita del papa León XIV a Madrid hubo uno que pasó casi desapercibido para la mayoría de los asistentes, pero que quedó grabado para siempre en el corazón de un joven aragonés. Álvaro Simón, nacido en Zaragoza y vecino del barrio de La Almozara, fue el diácono encargado de proclamar el Evangelio durante la solemne misa del Corpus Christi presidida por el Santo Padre en la plaza de Cibeles.

Su historia comenzó muy cerca de nosotros. Estudió en los Escolapios de Conde Aranda, donde tuvo su primer encuentro con Jesús siendo todavía un niño. Más tarde, la amistad con varios sacerdotes le ayudó a descubrir que el ministerio sacerdotal podía ser el camino por el que Dios le llamaba. También tuvieron importancia los veranos en Muniesa, el pueblo turolense de su padre, donde comenzó a servir como monaguillo. Después llegaría su servicio como acólito en La Seo de Zaragoza, una experiencia que despertó en él el amor por la liturgia y el deseo de ponerse al servicio de la Iglesia.

Tras trasladarse a Madrid para cursar un máster en Historia de las Religiones en la Universidad Complutense, inició un proceso de discernimiento vocacional que le llevó a ingresar en el seminario. Hace apenas dos semanas fue ordenado diácono.

La celebración del domingo supuso para él una experiencia difícil de describir con palabras. Confiesa que los nervios estuvieron presentes desde el principio. La solemnidad de una liturgia preparada según el ceremonial vaticano imponía respeto. Sin embargo, poco antes de comenzar la misa, el Papa saludó personalmente a todos los acólitos, diáconos y ceremonieros. «Verle con tanta serenidad me tranquilizó», recuerda.

Antes de proclamar el Evangelio intentó centrar su atención en lo esencial. «Tomé conciencia de que iba a ser instrumento para que la Palabra de Dios llegara hasta el último corazón de quienes la escuchaban». Recibir la bendición del Santo Padre antes de la proclamación y entregarle después el Evangeliario fueron momentos especialmente intensos.

Pero hubo un instante que le marcó de manera particular. «Para mí el momento más fuerte fue darle la paz. Poder mirarle a los ojos y contemplar su mirada de ternura me atravesó el corazón».

Después llegó la procesión eucarística por las calles de Madrid. Caminando junto al Papa, Álvaro descubrió una enseñanza que quiere conservar para toda su vida y para su futuro ministerio. «Quien quería ver al Papa tenía que mirar necesariamente a Jesús Eucaristía; casi no se le veía la cara. Ese gesto me ayudó mucho, sobre todo para mi vida diaconal: que los que me vean a mí vean a Jesús».

Quizá ahí se encuentre también el secreto de toda vocación cristiana. No ser protagonistas, sino transparentar la presencia de Cristo para que otros puedan encontrarse con Él.

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