Opinión

Nerea Vigo Iglesias

Efluvios de un alma sibilina

Oigo constelaciones

6 de junio de 2026

Hubo un cuerpo que no era solo cuerpo. Carne levantada sobre el polvo de Galilea, sí, pero también eje, coordenada exacta donde el universo se dobla sobre sí mismo para mirarse. Cada vértebra suya era un meridiano. Cada palma abierta, el brazo de una galaxia desplegándose hacia afuera, hacia el otro, tornando toda distancia en poco más que un suspiro.

Cuando hablaba, lo hacía desde dentro del tiempo y desde antes del mismo, porque con Él tuvimos por primera vez un compás vivo. Había en Su voz una frecuencia melódica que no es del habla mundana: pertenecía a algo que viene de más lejos y que, sin embargo, latía en lo más hondo del alma. “Oigo constelaciones”, podría haber dicho quien escuchase a Jesús de verdad; “Oigo el pulso de lo que existe antes de que existir tuviera nombre”. Y no se pronunciarían estas palabras pensando en una metáfora, sino porque es la descripción más precisa posible.

Su cuerpo, pues, era un mapa, pero no el tipo de mapa que simplifica y esquematiza la esencia de aquello que pretende contener. No: el mapa de Dios es uno que revela y, por ende, enriquece. Las heridas posteriores, esos cuatro puntos cardinales abiertos en manos y pies, además del costado, completaban la figura: un Ser atravesado por todas las direcciones a la vez, cruciforme no por accidente sino por geometría íntima, justa y necesaria, como si el universo hubiera necesitado siempre esa forma para declarar que lo infinito y lo finito se pueden rozar e incluso entrelazar.

Dicen que resucitó con el mismo cuerpo. Yo prefiero pensar que resucitó con el mismo mapa, pero que por fin era legible (y precisamente por eso, más misterioso todavía). Que los que lo vieron en ese margen de días entre la muerte y el cielo estaban viendo, sin saberlo del todo, la estructura divina caminando entre ellos, reconociéndolos por su nombre y sentándose junto al agua para ver cómo amanece.

Porque incluso la Gloria disfruta de un guiño terreno.

Dios eligió ese cuerpo, esa latitud, ese acento arameo; esa manera, en fin, de inclinarse sobre los enfermos como si se dispusiera a leer un texto sagrado. Y lo hizo porque el Amor necesita escala humana para ser reconocido, para ser vivido; por eso nuestra humanidad es, a la vez, gran bendición y paradoja. Gracias a ella comprendemos que en esa divinidad encarnada de Dios Hijo, desde Sus manos redentoras hasta el polvo del camino adherido a las sandalias, latía todo lo demás: la armonía de los astros, el primer instante, la última palabra y el silencio que vendrá cuando ya no haga falta ningún sonido (sólo, si acaso, una humilde y mansa sonrisa).

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