El claustro del Obispado de Teruel se llenó para la presentación del libro de Vicente Altaba sobre sus años en Argentina

Diócesis de Teruel y Albarracín
21 de mayo de 2026

El sacerdote turolense relata en Condenado a desaparecer su experiencia como misionero en Argentina durante los años de la represión militar y reivindica la memoria de quienes resistieron la violencia y las desapariciones

El claustro del Obispado de Teruel se quedó pequeño este miércoles por la tarde para acoger la presentación de Condenado a desaparecer. Testimonio de un misionero español en la dictadura argentina, la última obra del sacerdote turolense Vicente Altaba Gargallo. Numerosos asistentes llenaron el recinto para acompañar al autor en un acto que reunió también al director del Grupo Editorial FONTE, Óscar Aparicio; al escritor y profesor Antonio Losantos Salvador; a María Victoria Cañada Guallar; y que estuvo moderado por el periodista David López.

La presentación adquirió un significado especial al coincidir con el cincuentenario del golpe de Estado encabezado por Jorge Rafael Videla, que dio inicio a una de las dictaduras más sangrientas de América Latina. Durante la apertura del acto, David López recordó que el libro trasciende el género memorialístico para convertirse en «un testimonio eclesial, humano y político sobre uno de los periodos más oscuros de la historia reciente de Latinoamérica».

La obra recoge la experiencia de Altaba (Mosqueruela, 1944), que desarrolló durante una década su labor pastoral y docente en Miramar, perteneciente a la diócesis argentina de Mar del Plata. Allí vivió en primera persona la represión de la dictadura militar y las amenazas dirigidas contra sacerdotes, laicos y agentes pastorales comprometidos con los sectores más vulnerables de la sociedad.

Un testimonio histórico y espiritual

Óscar Aparicio explicó que la editorial decidió publicar el manuscrito tras valorar su importancia histórica y humana. El director del grupo editorial FONTE destacó que el libro ofrece una visión de «una Iglesia comprometida con los pobres, con los derechos humanos, con la verdad y la justicia», alejada de simplificaciones ideológicas.

Aparicio subrayó además que la obra aporta una mirada poco conocida sobre el papel desempeñado por numerosos sacerdotes, obispos y laicos que fueron víctimas o resistieron la represión. «La fidelidad evangélica pudo convertirse en motivo de amenaza y riesgo de muerte», señaló, recordando que el propio Altaba llegó a estar señalado por las autoridades militares.

El editor calificó el libro como una memoria histórica, un relato espiritual y un homenaje a quienes arriesgaron su vida por fidelidad al Evangelio durante aquellos años.

La importancia de dejar testimonio

Por su parte, Antonio Losantos recordó su relación con Altaba desde los años noventa y destacó la singularidad de una trayectoria vital marcada por la misión en Argentina y posteriormente por su trabajo pastoral y social en Teruel y Cáritas Española.

El escritor explicó que durante años animó al sacerdote a plasmar por escrito sus recuerdos. «La palabra esencial para definir esta obra era testimonio», afirmó. A su juicio, el libro consigue combinar el interés narrativo de los acontecimientos vividos con la profundidad humana de quienes protagonizaron aquella historia.

Losantos elogió especialmente la capacidad del autor para compartir protagonismo con las personas que aparecen en sus recuerdos. «No tenía derecho a guardarse esta experiencia; tenía que contarla», afirmó, convencido de que se trata de una vivencia excepcional cuyo conocimiento enriquece la memoria colectiva.

Del silencio a la escritura

Posteriormente David López preguntó al autor por las razones que le llevaron finalmente a escribir un libro sobre unos hechos de los que había hablado poco durante décadas.

Altaba relató que durante años sintió la necesidad de escribir, pero también encontró resistencias entre quienes habían vivido aquellos acontecimientos. Recordó especialmente una conversación mantenida en Argentina en 2015 con una antigua compañera de trabajo que, casi cuarenta años después del golpe militar, se negó a colaborar por miedo.

«Tengo hijos y nietos», le respondió aquella mujer. «Me quedé pasmado. ¿Cómo tienes miedo después de tanto tiempo?», recordó el sacerdote.

Aquella reacción le hizo reflexionar sobre la necesidad de preservar la memoria. Más tarde, el consejo de un monje argentino y el fallecimiento de una de las personas que le había animado a escribir terminaron por convencerle de que debía dejar constancia de lo vivido. «Callar podía ser traicionar la conciencia», aseguró.

Amenazas y vigilancia durante la dictadura

Durante su intervención, Altaba recordó algunos de los episodios más difíciles vividos durante aquellos años.

Entre ellos relató la visita de un oficial de la Marina argentina a su despacho parroquial para advertirle de que «quien no está con nosotros está contra nosotros», así como varios seguimientos sospechosos cuando regresaba por carretera de impartir clases en Mar del Plata.

El momento más grave, explicó, llegó cuando supo que existía una orden para actuar contra él. La situación se resolvió gracias a la intervención de personas influyentes de la comunidad que salieron en su defensa, evitando consecuencias que podrían haber sido dramáticas.

Aquellas experiencias, junto al clima de persecución generalizado, dieron origen al título de la obra y constituyen el núcleo de un relato marcado por la tensión, pero también por la esperanza y la solidaridad.

Una experiencia que marcó toda su trayectoria

Preguntado por la huella que dejó Argentina en su posterior labor pastoral, Altaba destacó dos aprendizajes fundamentales: el trabajo en equipo y la opción preferencial por los pobres.

«En Argentina aprendí a trabajar en equipo», explicó, recordando la organización de grupos de laicos para la preparación de bautismos, matrimonios y actividades juveniles.

Asimismo, aseguró que aquella experiencia definió su compromiso con los sectores más desfavorecidos. Tras regresar a España rechazó ofertas para permanecer en Madrid porque entendía que su vocación estaba ligada a una diócesis y una provincia que definió como «una diócesis pobre».

María Victoria Cañada incidió precisamente en esa dimensión pastoral del sacerdote, destacando que muchos de los principios que guiaron su labor en Argentina —la acogida, la escucha, el acompañamiento de jóvenes y pobres o el trabajo comunitario— anticiparon planteamientos que años después impulsaría el papa Francisco.

La presentación concluyó entre aplausos y con un animado coloquio con los asistentes, confirmando el interés que ha despertado una obra que combina memoria histórica, testimonio personal y reflexión sobre el compromiso cristiano en tiempos de violencia y persecución.

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