Te lo cuento por si te sirve. Hemos celebrado hace poco la Semana Santa con su correspondiente actividad procesional. Ayer me encontré con mi amigo Manolo, que es cofrade. Le pregunté qué tal le ha ido su participación este año. “Tengo prisa. Te lo mandaré por E-mail”. Su respuesta me ha hecho pensar mucho. Es esta:
“Hace 23 años que me hice cofrade, más que nada, por tocar el tambor. A los dos años, fijándome en el público de las aceras, me di cuenta de que no es cristiano ser espectador pasivo de la “pasión” que sufren otros, y me hice voluntario en favor de los sin hogar. Al año siguiente, fui consciente de que yo en la procesión actuaba como personaje de teatro, no como persona libre adulta y crítica. Decidí imitar la coherencia de Jesús hasta la muerte. Desde entonces empleo la procesión para ir reflexionando sobre mi coherencia respecto a mi fe y a los demás aspectos de mi vida habitual. Identifico mis contradicciones sin juzgarme, tomándolas como información para mejorar. Intento corregir la brecha entre lo que pienso y lo que hago. Querría ser testigo creíble como creyente y como ciudadano. Creo que lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano. Quiero edificar mi vida sobre roca. Siento que necesito ser coherente para ser más feliz. Busco armonía interna entre mis emociones, afectividad, inteligencia y voluntad. Jesús también rectificaba, por ejemplo, ante la cananea (Mc 7:24) y en las bodas de Caná (Jn 2:1) En serio, te digo que con estos pensamientos vivo contento.”
No me esperaba esta contestación tan precisa y ejemplarizante. Veo que es cierto que la luz sale al encuentro de los buscadores de amaneceres. De verdad que no me merezco los amigos que tengo. Dan ánimos a cualquiera. Jesús cumplió el papel que Dios le había asignado. Bebió su cáliz. Fue una persona auténtica, honesta consigo mismo, coherente. Imitarle con hechos es ser cristiano. No son creencias o devociones: es un modo de vida. Hay que ser persona creíble.
Y nosotros ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, sino hacéis lo que os digo? (Lc 6:46) Se trata de ser coherentes como individuos y como grupo, es decir, como Iglesia. Antes, los que eran cristianos se bautizaban, ahora hay que evangelizar a los bautizados. El Vaticano II señala que, a menudo, ocultamos más que transmitimos el genuino rostro de Dios. Ahí están los abusos de tantas clases en la Iglesia católica contemporánea. En lugar de prestar atención preferente al prójimo desvalido y agredido, se ha preferido, y algunos todavía prefieren, el prestigio aparente de la Iglesia. Hemos perdido, y seguimos perdiendo, credibilidad y confianza estructural, aunque la Iglesia siga siendo un referente en acción social solidaria. Si la sal se vuelve sosa ¿cómo la salaremos? (Mt 5:13) Hemos de escuchar las críticas, prestar atención a la realidad, coherencia, transparencia, estructuras adecuadas, exégesis y teología actualizadas junto a formas externas comprensibles para las personas de hoy (por ejemplo, el completo reconocimiento de la mujer). ¡Hechos! Basta de solo palabras vacías. Los pobres de todo tipo son la brújula del cristiano, son presencia real de Dios.
Ayúdame, Señor, a vivir guiado de forma legible y visible por estas palabras tuyas: “A Mí me lo hicisteis”.