En la tarde del Martes Santo, la Catedral de Barbastro acogió la celebración de la Misa Crismal, la eucaristía más importante del año en que el presbiterio renovó sus promesas sacerdotales, y el obispo bendijo los Santos Óleos y consagró el Santo Crisma.
Mons. Ángel Pérez Pueyo dio gracias a Dios “por cada uno de vosotros, especialmente en esta tarde: por cada sacerdote, por su vida entregada y por su ministerio fiel, muchas veces silencioso, pero siempre fecundo”. Pero también por cada consagrado y consagrada, y por los seglares, representativos de la variedad de vocaciones a la que cada bautizado está llamado. «Todos y juntos», repitió en varias ocasiones.
En esta ocasión, Don Ángel dio paso en la homilía a uno de los momentos más significativos de la ceremonia: una carpeta, a cada uno de los ocho moderadores de las unidades pastorales, con el acta de la visita canónica realizada a Benasque, Sobrarbe, Graus, Somontano, Monzón, Binéfar, Peralta de la Sal y Fraga lo largo de los once años de su episcopado. Al tiempo que uno a uno, con la comunidad diocesana como testigo, firmaba y recogía su acta, la coordinadora de Comunicación, Ascen Lardiés, recordó no se tratada de un mero documento sino “memoria viva de un camino compartido.
Ese camino de «escucha, discernimiento y transformación», se ha desarrollado en tres etapas, cuyas claves han sido conocer -poner rostro a la diócesis y escuchar las inquietudes de sus gentes-, organizar, cuidar la vida pastoral para que cada comunidad, cada grupo y cada realidad eclesial pudiera ser acompañada, y para que el Evangelio llegara a todos -, y reestructurar, establecer criterios que permitan seguir caminando con fidelidad en las nuevas circunstancias.
En todo ese proceso, destacó el obispo, “nuestros sacerdotes han sido protagonistas e impulsores de una profunda reestructuración pastoral”, vivida no sin dificultad, pero con gran sentido eclesial, siempre con un horizonte claro: que nadie se pierda.
«Como una orquesta que busca la armonía… seguimos adelante con esperanza para que, verdaderamente, nadie se pierda», siguió. Con este gesto de comunión y un «aplauso agradecido», la Diócesis de Barbastro-Monzón encara el Triduo Pascual fortalecida en su estructura y renovada en su deseo de ser signo vivo de la presencia de Dios.
Renovación de las promesas sacerdotales
Durante la ceremonia, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales, recordando el día de su unción y reafirmando su deseo de servir al pueblo de Dios. Como signo de su misión, han recibido la encomienda de ser custodios de los óleos santos, el de catecúmenos -Dios te llama-, el de enfermos -Dios te cura- y el Santo Crisma -Dios te unge-, bendecidos y consagrados para sanar y enviar a los fieles.
La implicación de todas las unidades pastorales se reflejó en la liturgia, con la participación de fieles de Monzón, Bajo Cinca y Binéfar en las lecturas. En las ofrendas, el pan y el vino fueron presentados por la Benasque, mientras que Sobrarbe se encargó de la ofrenda para los pobres. Además, jóvenes de Barbastro portaron el perfume; catequistas de Binéfar y miembros de la Pastoral de la Salud de Graus presentaron los óleos de catecúmenos y enfermos, respectivamente. El Crisma fue portado por el sacerdote Luis Enrique Perea.
La solemnidad del encuentro se vio realzada por las voces y la música del Coro BARMON, que volvió a unir a los fieles, de forma especial, en el canto final del Himno de los Mártires.









