Lázaro está dormido. Voy a despertarlo

Pedro Escartín
21 de marzo de 2026

Un café con Jesús. Flash sobre el Evangelio del V Domingo de Cuaresma – A – (22/03/2026)

Si el pasado domingo Jesús nos dejó pasmados curando a un ciego de nacimiento, en el Evangelio de hoy (Jn 11, 1-45) nos sorprende todavía más, resucitando a su amigo Lázaro. El evangelista no ha escatimado los detalles de lo que Jesús hizo aquel día en Betania. El párroco nos ha animado a escuchar atentamente los detalles d este relato. Ahora los comento con Jesús, y lo primero que me viene a la mente es lo que los judíos se decían:

– Tú amabas profundamente a aquellos tres hermanos y ellos te querían; bien lo sabes. No me extraña que no pudieras contener tus lágrimas ante la tumba de Lázaro. Pero, si abriste los ojos al ciego, ¿por qué no impediste que Lázaro muriera?, ¿y por qué tardaste cuatro días en llegar a Betania desde que recibiste el recado de que Lázaro estaba enfermo?

– Porque el Padre quiso que, con ocasión de la enfermedad de Lázaro, se manifestara quién soy yo, y esto requería que llegase a Betania cuando Lázaro ya había muerto.

– Ya lo voy entendiendo, aunque me preocupa una cosa: tú sabías que la enfermedad de Lázaro no era para la muerte sino para la gloria de Dios, pero las hermanas de Lázaro no lo sabían. Ya que tanto las querías, ¿no les pudiste ahorrar el mal trago de ver morir y de enterrar al hermano?

Jesús ha cogido su taza, me ha mirado reclamando mi atención y me ha respondido:

– Los “signos” que pormenorizadamente ha recogido Juan en su Evangelio descubren cuál es mi personalidad: el domingo pasado curé a un ciego de nacimiento manifestándome como esa luz, sin la que no se puede caminar por la oscuridad de la vida, y, resucitando a Lázaro, hoy estoy diciendo que soy “la resurrección y la vida”. Pero sólo cuando se ha experimentado el dolor que producen la ceguera o la muerte de un ser querido, se valoran suficientemente esos dones que el Padre quiere daros. Cuando habéis sufrido el vacío que produce su carencia, las expresiones “luz”, “vida”, “resurrección” dejan de ser pura palabrería.

– Así que permaneciste intencionadamente donde estabas antes de ponerte en camino hacia Judea -le he dicho sorprendido-.

– Intencionadamente y sabiendo que en Judea encontraría la muerte, como Tomás el Mellizo intuyó cuando animó a sus compañeros: “Vayamos también nosotros y muramos con él”.

– Y, a pesar del riesgo de morir, les dijiste: “Lázaro está dormido: voy a despertarlo”.

– A pesar de ese riesgo -me ha respondido sin vacilar-. Yo sabía que el Padre quería que resucitara a Lázaro, pero los demás no lo sabían; era necesario que tanto mis discípulos, como las hermanas de Lázaro, los judíos y la gente que me rodeaba experimentaran con realismo que el Padre siempre me escucha, para que creyeran que Él me ha enviado. Por eso oré de esa manera delante de la tumba de Lázaro, y luego grité con voz potente: “Lázaro, sal afuera”. Lo que ocurrió a continuación ratificó lo que yo dije a Marta cuando me echó en cara que no hubiera estado con ellos al morir Lázaro…

– … que tú eres la resurrección y la vida, y el que cree en ti, aunque haya muerto, vivirá -he concluido recordando el texto evangélico y apurando mi café que ya estaba frío-.

– Entonces Jesús me ha preguntado mirándome fijamente: “¿Crees tú esto?”.

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan (11, 1-45).

En aquel tiempo, Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, al que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme se salvará». Jesús se refería a su muerte, en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a él». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciendo en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él.: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, el ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

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