El Día del Seminario, que la Iglesia celebra este domingo 22 de marzo, vuelve a poner en el centro una pregunta decisiva: ¿sigue llamando Dios hoy a jóvenes a entregar su vida como sacerdotes? La respuesta, al menos en Aragón, tiene nombres, historias y rostros concretos.
En el Seminario Metropolitano de Zaragoza, donde se forman los seminaristas de todas las diócesis aragonesas, actualmente hay 20 jóvenes en proceso de formación, cuatro de ellos ya en etapa pastoral, integrados en parroquias antes de su ordenación.
La jornada, promovida por la Conferencia Episcopal Española bajo el lema «Deja tus redes y sígueme», invita a redescubrir la vocación como una llamada real, que sigue resonando en medio de una sociedad marcada por el ruido, la prisa y, en muchos casos, la falta de sentido.
Más allá de las redes: una llamada a la libertad
Para el rector del seminario, Javier Pérez Más, el lema de este año no se limita a una referencia a las redes sociales, sino que apunta a algo más profundo:
«Se trata de que los jóvenes se desenganchen de algunas redes que nos tienen un poco atados para vivir la vida en plenitud y en libertad».
Entre esas “redes”, el rector señala también el individualismo, una de las grandes dificultades de los jóvenes de hoy:
«Es una red que esclaviza mucho y que les impide la entrega, no solo en el sacerdocio, sino también en el servicio a los demás».
Por eso, la formación en el seminario no es solo académica. Se centra en forjar pastores con corazón de Cristo, capaces de vivir en comunidad, trabajar en equipo y sostener una vida espiritual sólida.
Una familia que acoge
Quienes llegan al seminario lo hacen desde contextos muy distintos, pero todos coinciden en una experiencia común: la acogida.
Es lo que destaca Guille Martínez, de 23 años, que ha iniciado este curso su proceso vocacional en Zaragoza:
«Uno entra al seminario y se encuentra con quince personas más el equipo formador que es la familia al cuadrado».
Lejos de ser un entorno frío o distante, el seminario se presenta para muchos como un hogar:
«Da igual de dónde vengas o cuál es tu pasado, que todos somos hermanos».
Una experiencia que rompe prejuicios y que permite a los jóvenes iniciar un camino de discernimiento acompañado.

La vocación nace en el encuentro
En otros casos, el camino vocacional ha comenzado lejos de Aragón.
Marco Antonio Gómez, procedente de Colombia y en la última etapa de su formación, lo explica con claridad:
«Lo primero es darse una experiencia con el Señor. Cuando uno verdaderamente se permite estar con Él, los miedos se derrumban rápidamente».
Para él, la vocación no es una idea abstracta ni una decisión precipitada, sino un proceso que se va clarificando en la relación con Dios y en la vida de la Iglesia.
«La Iglesia, en cualquier parte del mundo, es la misma en su esencia», añade, subrayando la continuidad entre su experiencia en Colombia y su formación en Zaragoza.
Una Iglesia verdaderamente universal
Esa dimensión universal se hace especialmente visible en el caso de Peter Adotu, seminarista de Uganda, que continúa su formación en España tras varios años en su país.
«La Iglesia es la misma en cualquier parte del mundo, aunque cambien las culturas y las formas de vida».
Su presencia refleja también un cambio de tendencia en la Iglesia: hoy son muchos los jóvenes de África o América Latina que llegan a Europa como misioneros o en proceso de formación, en un contexto marcado por el descenso de vocaciones y el envejecimiento de las comunidades.
Al mismo tiempo, su mirada pone de relieve una realidad: allí donde hay más jóvenes, también surgen más vocaciones.
Una llamada que sigue abierta
Según los datos de la Iglesia en España, más de mil jóvenes se preparan actualmente para el sacerdocio, una cifra que muestra cierta estabilidad en los últimos años. En Aragón, aunque los números son más modestos, la realidad del seminario de Zaragoza refleja que la vocación sigue viva.
El Día del Seminario no es solo una jornada informativa, sino una invitación a toda la comunidad cristiana: rezar, acompañar y proponer.
Porque, como recuerdan los propios seminaristas, la vocación no nace en el vacío, sino en una Iglesia que escucha, acoge y camina con quienes se preguntan qué quiere Dios de su vida.
Y, en medio del ruido de nuestro tiempo, esa llamada sigue siendo la misma: dejar las redes para seguir a Cristo.

