Opinión

Thalia Sancho

El Pilar no es solo tradición, es fe viva

20 de marzo de 2026

Se repite muchas veces que el Pilar es el símbolo de Zaragoza, que es historia, patrimonio y cultura. Todo eso es verdad, pero, sinceramente, creo que reducir el Pilar a esa idea es quedarse en la superficie y no querer ver lo esencial. El Pilar no es solo tradición: es fe viva, y eso se percibe en la experiencia real de quienes lo viven, no en los discursos.

Yo no hablo desde fuera. Entro al Pilar casi todos los días, y no como algo excepcional, sino como parte de mi rutina. Precisamente por eso tengo claro que no es un simple monumento ni un decorado bonito en el centro de la ciudad. Es un lugar donde ocurre algo real. Entrar al Pilar es, para mí, parar, salir del ruido, del ritmo constante y de las preocupaciones, y encontrar un espacio donde el silencio tiene sentido. No siempre voy con las mismas palabras ni con las mismas ideas, pero siempre con la misma certeza de que ahí hay algo más, algo que no se puede explicar solo con categorías culturales.

Mi devoción a la Virgen del Pilar nace de esa repetición cotidiana, de volver una y otra vez, de mirarla, de rezar y, muchas veces, simplemente de estar. La Virgen del Pilar no es para mí —ni para muchos— una imagen lejana o simbólica, sino una presencia cercana, casi familiar. Es una madre que está ahí, siempre, especialmente cuando las cosas no van bien, cuando no sabes muy bien qué decir o qué pedir. Y eso, en el momento actual en el que vivimos, tiene un valor enorme.

A menudo se insiste en que la fe está en crisis, sobre todo entre los jóvenes, pero basta con observar el Pilar con un mínimo de honestidad para ver que esa afirmación es, al menos, incompleta. No hace falta fijarse solo en las Fiestas del Pilar o en la ofrenda, que son impresionantes, sino en cualquier día normal. La gente entra, se sienta, guarda silencio, enciende una vela, reza. Vuelve. Eso no es simplemente tradición ni costumbre heredada: es una necesidad de sentido que sigue existiendo, aunque no siempre se exprese de forma evidente.

También están los turistas, miles de personas que pasan por el Pilar cada año. Se suele decir que vienen por su valor histórico o artístico, pero quizá habría que plantearlo de otra forma: si tanta gente de todo el mundo se siente atraída por este lugar, será por algo más. Hay muchos monumentos en el mundo, pero no todos transmiten lo mismo. En el Pilar, incluso quien entra sin fe percibe que no es un espacio cualquiera. Hay algo distinto, algo que no se explica solo con datos ni con guías. Hay una dimensión espiritual que sigue estando ahí, aunque no todos sepan nombrarla.

Por eso creo que el error está en intentar suavizar lo que el Pilar es. A veces lo reducimos a tradición para hacerlo más aceptable, más neutral, más cómodo. Pero el Pilar no es neutral. El Pilar habla de fe, de la Virgen, de Dios. Y lo hace sin imponerse, pero también sin esconderse.

El Pilar no sigue en pie solo por la fuerza de la costumbre ni por el peso de la historia. Sigue en pie, sobre todo, porque toca algo muy profundo del corazón humano: la necesidad de no sentirse solo, de confiar, de levantar la mirada cuando la vida pesa demasiado. En un mundo que nos empuja constantemente hacia fuera, hacia el ruido, hacia la prisa y hacia lo superficial, el Pilar sigue invitando a mirar hacia dentro y hacia lo alto. Por eso, para mí, no es únicamente un lugar emblemático de Zaragoza, sino un recordatorio de que hay una presencia que permanece cuando todo cambia, una ternura que sostiene incluso cuando no tenemos respuestas y una fe que, lejos de ser una reliquia del pasado, sigue siendo hoy un modo verdadero de habitar el mundo.

Quizá esa sea la razón por la que tantos volvemos. Porque, en el fondo, todos necesitamos un lugar donde el alma descanse, donde la esperanza no parezca ingenua y donde el silencio no esté vacío. Y para muchos, ese lugar es el Pilar. No solo porque allí esté una devoción antigua, sino porque allí sigue ocurriendo algo esencial: el ser humano recuerda que no se basta a sí mismo y que, aun en medio de la fragilidad, puede seguir confiando. Ahí, precisamente ahí, es donde empieza la fe.

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