El pasado sábado, 21 de febrero, los muros de la cárcel de Daroca resonaron con el latido atronador de los tambores de la Cofradía del Señor Atado a la Columna mientras su Virgen titular, portada por los propios internos, recorrió sus pasillos. Este hecho ocurrió durante el ejercicio del Via Crucis, una fiel tradición de quince años (solo interrumpida por la pandemia) que vive esta cofradía con el centro penitenciario darocense.
La Virgen, imponente en sus andas, recorrió los módulos llenando los pasillos de un silencio sagrado que solo rompía el golpe seco de los tambores. Los internos, asomados a las ventanas, veían pasar a la Madre. En medio del patio, la voz de un preso se quebró en una saeta valiente, un grito de dolor y esperanza dirigido directamente a los ojos de la Virgen.
Don Vicente Jiménez Zamora, arzobispo emérito de Zaragoza, presidió este Vía Crucis escrito por el P. Raúl, pasionista, que sonó con fuerza en cada rincón del centro.
Como dicen quienes allí estuvieron: «Parece un sitio poco creyente, pero es donde el dolor se vuelve oración».