La Cuaresma se nos presenta cada año como una invitación maternal de la Iglesia para convertirnos al Señor y, en expresión ignaciana, reordenar nuestras prioridades. Es un tiempo de gracia donde se nos llama a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra existencia, evitando que el corazón se disperse entre las inquietudes y las distracciones que inundan nuestro día a día. Se trata de buscar al Señor con todo el corazón, pero este camino de conversión solo es posible si primero nos dejamos alcanzar por su Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu.
Todo comienza con la escucha, como nos recuerda León XIV en su primer mensaje para la cuaresma como Papa. En el libro del Éxodo, vemos a un Dios que no es indiferente: «Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído sus gritos de dolor» (Ex 3,7). Esta escucha divina es el motor de la liberación, y nosotros, creados a su imagen, estamos llamados a replicar esa misma actitud. La disposición a escuchar es el primer signo de amor hacia el otro. Al sumergirnos en las Sagradas Escrituras, durante la liturgia o en nuestra oración personal que intentamos intensificar en este tiempo cuaresmal, educamos nuestro oído para reconocer la voz de Dios en la realidad cotidiana, especialmente en el clamor de los que sufren. Escuchar a Dios nos vuelve expertos en escuchar la vida.
Para que esa escucha sea profunda, necesitamos el ayuno. Esta antigua práctica cuaresmal no es un simple rito externo, sino un ejercicio ascético que involucra al cuerpo para despertar el espíritu. Al privarnos del alimento o de lo superfluo, hacemos evidente aquello que es realmente importante y que, en el fondo, será lo único que nos podrá saciar: Dios mismo. El ayuno auténtico debe ir siempre de la mano de la humildad, por eso León XIV nos recuerda que hay un ayuno particularmente urgente en nuestra sociedad actual: ayunar de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. El Papa nos invita a desarmar nuestro lenguaje, renunciando a las palabras que hieren, al juicio apresurado y a la calumnia que destruye al ausente. San Pablo nos exhorta en sus cartas a que no salga de nuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena y edificante. Cambiar el insulto por la amabilidad y la murmuración por la esperanza, es la forma más concreta de vivir una austeridad que fortalece la vida cristiana en la familia, el trabajo y las redes sociales.
Finalmente, no olvidemos que la Cuaresma es un itinerario compartido que debemos vivirlo con los demás. Así como el pueblo de Nehemías se reunía para escuchar la Ley y ayunar juntos (cf. Neh. 9,1-3), nuestras comunidades están llamadas a transformar sus relaciones. La conversión no es solo un asunto de la conciencia individual, sino de la calidad de nuestro diálogo y de nuestra capacidad de respuesta ante el dolor ajeno y ante las necesidades del prójimo.
Que este tiempo de gracia y conversión nos alcance la gracia de un oído atento y una lengua que sane, para que nuestras comunidades sean verdaderos lugares de acogida donde se edifique, con gestos y palabras, la civilización del amor. ¡Santa Cuaresma a todos!