La pasada semana, del 8 al 15, celebramos en las diócesis “la Semana del Matrimonio”. Por esta razón, hoy quisiera referirme al matrimonio y a la familia. Comienzo agradeciendo a la Delegación de Familia y Vida, a su delegado, a las parroquias que han celebrado esta actividad. Todo lo que hagamos es poco, porque el matrimonio, la familia no están suficientemente cuidados y protegidos, a pesar de que las encuestas dicen que lo que más valoramos los españoles es la familia.
Está demostrado que si no fuese por la familia nuestra sociedad sería otra cosa, su importancia ha quedado de manifiesto tanto en los momentos de crisis económicas, como en otras necesidades, como puede ser el fracaso escolar, enfermedades, crisis de la vivienda… Donde hay una familia estructurada, responsable, con valores, se cuida a las personas, a todas, se atiende las necesidades más básicas y se afronta cualquier dificultad. La familia sostiene la sociedad, por eso cuesta entender el porqué se la persigue ofreciendo otros “modelos de convivencia” como se dice ahora, en los que la educación en valores, la estabilidad, la afectividad íntegra se menosprecia. Esto lo que hace es arrinconar el valor de la persona, el don de generar nuevas vidas, creando inseguridad, vacío y falta de felicidad en sus miembros. Así, la sociedad es más débil y moldeable, al capricho de las modas y otras experiencias sociales, sin saber qué objetivos persiguen. Hay más miedo al compromiso permanente porque, en el fondo, se ha debilitado tanto la persona que desconfía de su capacidad de amar para siempre.
Se ha perdido la capacidad de perdonar y de afrontar juntos, como pareja, las dificultades de la vida y se opta por lo que parece más fácil, pero es más de deshumanizador. Se pone la disculpa de que “no estamos en este mundo para aguantar a nadie, así que cada uno por su lado”. Nos convertimos en títeres en manos de las modas, los caprichos individuales, siendo personas totalmente vulnerables; no somos conscientes de que la sociedad necesita personas íntegras en todos sus aspectos, afectivo, social, intelectual y espiritual. La familia aporta todos estos valores a los hijos, hijos con padre y madre, porque si no es así, se les pone al nivel del capricho llegando, a veces, a preferir una mascota.
La Iglesia siempre defenderá el matrimonio y la familia, los hijos, el cuidado de los mayores. El Papa San Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica sobre la familia “Familiaris Consortio”. En ella habla sobre el bien precioso del matrimonio y de la familia y cómo el Evangelio es fuente de esperanza; es imagen de comunión entre Dios y los hombres (12). Exclama “familia sé lo que eres”, recordando cuatro cometidos generales, es comunidad de personas, servicio a la vida, participación en el desarrollo de la sociedad, protagonismo en la vida y misión de la Iglesia (17).
También el Papa Francisco escribe la exhortación “Amoris Laetitia”. La presenta como una propuesta para que valoremos los dones del matrimonio y la familia recordando los valores a cuidar, “la generosidad, el compromiso, la fidelidad, la paciencia” (5).
Os pido, hermanos, que oremos con intensidad por los matrimonios y las familias, que les ayudemos y acompañemos todo lo posible.