Ceniza para la conversión

Jesús Moreno
18 de febrero de 2026

La ceniza no es el centro de este día. Aunque lo llamemos miércoles de ceniza.

La imposición de la ceniza sobre nuestra fuente o sobre nuestras cabezas tampoco es el gesto más importante de esta celebración.

La primera lectura de la Eucaristía de hoy nos advierte con toda claridad:

“Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto”. (Joel 2,12)

El ayuno, el llanto, el luto son ayudas externas, signo de que ciertamente queremos convertirnos.

En sí mismos pueden ser lo que acabo de escribir o también pueden ser repetición anual de una costumbre sin vida, puro acto externo.

En la gran mayoría de quienes nos acercarnos a ‘recibir la ceniza’, existe el, más o menos fuerte y decidido, deseo y compromiso de conversión.

Que no sea verdad aquello que se dice:  A la Iglesia va más gente cuando dan algo, aunque sea ceniza.

La Cuaresma no es un tiempo triste. En la Iglesia no hay tiempos tristes. Hasta ‘celebramos’ la muerte porque “estamos amenazados de resurrección”. Porque la puerta triste de la muerte abre un horizonte y una realidad de fiesta, gozo, alegría sin fin.

Sí, el dolor siempre aporta tristeza, preocupación, angustia. No estamos hechos para el dolor. Pero el dolor existe. No enviado por Dios a capricho, sino por nuestra frágil naturaleza.

Pero el dolor siempre llega. De una u otra manera, el dolor existe por una múltiple variedad de causas con sus consiguientes efectos. Nadie nos libramos del dolor. Pero no lo envía Dios.

Por eso no nos fiamos de quienes dicen que Dios hace sufrir a los que más ama. Lo que sí es cierto que quien cree y vive seguro del amor incondicional de Dios, encuentra una fortaleza interior en los momentos de dolor o frustración. Dios es el Padre que acompaña y fortalece al que sufre. No quitándole el dolor, sino regalándole una fortaleza interior y exterior, por la fe, que se manifiesta en la actitud del que sufre.

Nuestro Dios no es masoquista. Ni le gusta, ni busca el dolor para santificar a nadie. Lo que sí hace es acompañarnos para comunicarnos, por la fe, fortaleza para enfrentar el dolor que nos puede sorprender incluso “a pie de calle”, en cualquier momento o en cualquier circunstancia que atestigua su presencia elusiva, pero real y actuante en el que sufre.

La Cuaresma no es un tiempo triste, repito. Es un tiempo litúrgico en el que la Iglesia nos invita a la conversión y, para ello, nos recuerda tres medios interiores-exteriores que Jesús nos propone en el Evangelio: limosna, oración y ayuno (cfr. Mt 6,1-18). Limosna: ser para los demás. Oración: Dios, el Centro de nuestra existencia. Ayuno: libertad ante las cosas.

La ceniza, su imposición, será un rito vacío que no sirve para nada si no va acompañado de la decisión o deseo sincero de volver al Señor -conversión- siendo conscientes de nuestra fragilidad y debilidad. Acojamos con corazón el significado de la ceniza impuesta sobre nuestras cabezas o frente con estos mensajes:

“Convertíos y creed en el Evangelio.

O bien:

Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”

 El ritual que nos propone este orden indica la preferencia de la Iglesia por la primera fórmula.

“La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas” (León XIV. Mensaje para la Cuaresma 2026).

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