Cuando la Iglesia regresa a la celebración del tiempo ordinario después de la vivencia del tiempo de Navidad, en torno a la fiesta de la Conversión de San Pablo, los cristianos celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que nos invita a vivir anhelando la unidad deseada por Cristo para su Iglesia. Estos días expresan la condición peregrina del pueblo de Dios que ora con firme esperanza al Señor de la historia para que nos conceda poder festejar juntos un día el don de la comunión plena. Entretanto, nuestros ojos se llenan de alegría al contemplar los destellos de la luz de la comunión que hemos percibido con alegría en los encuentros ecuménicos celebrados en el mundo, y también en nuestra diócesis, a lo largo del año 2025, conmemorando el 1700 aniversario de la profesión del credo de Nicea.
El lema elegido para la Semana de este año “un solo Espíritu, una sola esperanza”, está adaptado de un versículo de la carta de san Pablo a los Efesios: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados» (4,4). La imagen paulina del cuerpo sirve al Apóstol para profundizar en la naturaleza visible e invisible de la Iglesia de Cristo, que trasciende las particularidades de los órganos que lo componen con el vínculo de la unidad. Más que una mera metáfora, el cuerpo de Cristo expresa la propiedad del Señor que se hace presente en sus miembros más allá de las fronteras étnicas, geográficas o culturales. Un cuerpo vivo que está animado por la presencia del único Espíritu que relaciona el cuerpo eclesial con su origen y destino trinitario, lo que lo hace ser fuente de vida y esperanza para los que creen en Cristo.
Es interesante destacar que en el Nuevo Testamento, Jesucristo eleva el concepto de unidad a una dimensión espiritual, reflejo de la profunda relación entre el Padre y Él. La unidad entre sus seguidores no es simplemente la ausencia de conflictos, sino un vínculo profundo y espiritual que refleja la unidad de la Santísima Trinidad. La oración de Jesús (Juan 17,21) pide a los creyentes que sean uno como el Padre y Él son uno, demostrando que nuestra unidad se basa en nuestra relación con Cristo y en nuestra misión común de compartir la Buena Nueva. El mandamiento fundamental de Jesús de amarnos unos a otros como Él nos ha amado (Juan 13,34-35) refuerza que este amor es la esencia de nuestra unidad. Este amor sacrificado y desinteresado es a la vez el vínculo de nuestra comunidad y el testimonio primordial de nuestro seguimiento. La oración de Jesús al Padre pidiendo para que nuestra unidad sea un testimonio ante el mundo (Juan 17,23) se convierte en un testamento que prolonga su misión divina y en un mandato para nosotros.
Por ello, os animo a participar de manera activa en todos los actos preparados en nuestra diócesis por la Delegación de Ecumenismo y a uniros con vuestra oración suplicante al Padre en esta Semana tan importante en una Iglesia que busca la unidad querida por Dios.