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Sínodo de la Sinodalidad: ¡Ahora toca caminar juntos!

David López
11 de enero de 2026

El camino sinodal que hemos vivido desde 2021 —caracterizado por la escucha, el diálogo y el discernimiento— no termina con un documento o una asamblea, sino que entra ahora en una etapa decisiva: la implementación. Tras la publicación del Documento Final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, y con las “Pistas para la fase de implementación del Sínodo 2025-2028”, la Iglesia nos invita a hacer realidad la sinodalidad en nuestra vida ordinaria, en nuestras parroquias y diócesis.

La sinodalidad no es un proyecto teórico ni un conjunto de reuniones extraordinarias; es un estilo de vida cristiana que transforma la manera en que escuchamos al Espíritu, entre nosotros y hacia el mundo. La nueva fase pretende que la comunión, la participación y la misión que proclamamos se conviertan en realidades tangibles.

Tres líneas que marcan este momento

1. Vivir la sinodalidad como praxis cotidiana.
La sinodalidad se vive, sobre todo, en la vida ordinaria de la Iglesia: en cómo celebramos, cómo tomamos decisiones, cómo acompañamos y cómo servimos. No se trata de sumar actividades, sino de convertir las estructuras y prácticas eclesiales hacia formas más participativas, abiertas y corresponsables.

2. Corresponsabilidad de todos los bautizados.
La responsabilidad de hacer sinodalidad no recae solamente en los obispos o estructuras. Todos los fieles formamos parte de esta etapa. Cada uno está llamado a crecer en escucha, diálogo sincero y discernimiento comunitario: una actitud en la que la oración, la humildad y la apertura al Señor guían las decisiones.

3. No un final, sino un avance hacia la misión.
La implementación del Sínodo no es un “cierre”, sino un impulso para revitalizar nuestra misión evangelizadora. El horizonte está marcado por la Asamblea Eclesial de octubre de 2028, donde comunidades de todo el mundo compartirán lo que han vivido, aprendido y expresado en sus contextos particulares.

¿Por qué es urgente y por qué nos importa?

Vivimos en un mundo marcado por la fragmentación, los conflictos y la soledad. Esta realidad reclama una Iglesia que sea signo e instrumento de comunión y de diálogo, una Iglesia que camina juntos, más allá de simples estructuras, y que encuentra al Señor en la escucha mutua y el servicio concreto al prójimo.

Es comprensible que muchos católicos sientan cansancio o apatía: después de años de procesos intensos, la invitación a “hacer sinodalidad” puede parecer difusa. Pero precisamente ahora, la conversión pastoral que nos pide el Sínodo —en parroquias, movimientos, asociaciones y grupos— es una oportunidad real de renovación: no para repetir rutinas, sino para transformar nuestra manera de ser comunidad, acompañar y anunciar el Evangelio con creatividad y fidelidad.

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