Flash sobre el Evangelio del III domingo de Cuaresma (07/03/2021)

La Cuaresma va adelante y cada semana nos hace una nueva llamada a la conversión. El pasado domingo nos propuso el temple de Abrahán, confiando en Dios sin condiciones; hoy ha presentado a Jesús desbaratando el mercado montado en el atrio del templo para facilitar a los peregrinos sus ofrendas (Jn 2, 13-25). La escena es atractiva para animar el café, y lo primero que ha salido de mi boca ha sido esto:

– ¡Qué follón organizaste aquel día en el templo; además, en plena celebración de la Pascua!

– No sé por qué te sorprendes. El profeta Jeremías ya había denunciado aquel culto falso, en el que los israelitas ofrecían cosas, pero no se ofrecía cada uno a sí mismo…

– Sí; lo recuerdo. Y estuvo a punto de costarle la vida. Lo que hiciste tampoco sentó bien a los judíos de tu tiempo; y encima, cuando te preguntaron con qué autoridad les echabas en cara que hubieran convertido el templo en un mercado, aún les confundiste más con tu respuesta.

Esta vez, Jesús me ha mirado sin pestañear y con cara más bien seria, mientras me ha dicho:

– Amigo, lo que estaba en juego era decisivo; no podía andar con paños calientes. Por de pronto, tenía que reivindicar que el templo es “casa de oración” y que vuestra ofrenda debe ser algo muy personal: un propósito de enmienda, un gesto de perdón, un acto de desprendimiento… Si cada vez que vais a Misa no lleváis algo vuestro, os parecéis a aquellos judíos que compraban una ofrenda en el atrio, la entregaban y se quedaban tan tranquilos.

– ¿Es por esto por lo que en alguna de las plegarias eucarísticas rezamos al Padre: «Al celebrar el memorial de su muerte y resurrección [de la tuya, claro está] te ofrecemos lo mismo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta. Acéptanos también a nosotros juntamente con la ofrenda de tu Hijo»?

– ¡Exacto! Os tenéis que ofrecer vosotros y no sólo cosas. Además, había llegado el momento de anunciar que, con el reinado de Dios, se iba a producir un cambio substancial. En adelante, el templo donde os encontráis con el Padre ya no es el de Jerusalén ni ningún otro, sino mi cuerpo entregado por vosotros y resucitado para que tengáis vida eterna.

– ¿Eso quisiste decir cuándo respondiste a la requisitoria de los judíos diciendo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré»?

– Sí -me ha dicho dando un sorbo al café y mirándome con cariño-; pero entonces tomaron el rábano por las hojas y me echaron en cara que se habían invertido cuarenta y seis años en construir aquel templo de Jerusalén y yo no podía levantarlo en tres días. Menos mal que alguien entendió lo que quise decirles, pues el evangelista añadió a renglón seguido: «Pero él hablaba del templo de su cuerpo».

– ¿Por eso, tus discípulos recordaron tus palabras después de la resurrección y les dieron fe?

– Así es. A la fe sólo llegáis recorriendo un camino que a veces es largo, porque hay que modificar convicciones y desatarse de costumbres muy arraigadas, sobre todo la de sentirse cada uno el centro del mundo. Por eso, el evangelista dice al final de esta escena que, aunque muchos creyeron en mí mientras estuve en Jerusalén por aquellas fiestas de Pascua, no me confié demasiado, porque conozco lo que hay de verdad dentro de cada cual.

– Pues me parece que la historia continúa y seguimos teniendo materia de conversión en esta Cuaresma -concluí viendo qué rápido se había esfumado el tiempo-.

– Hoy pagamos a escote -ha dicho mientras me despedía-.