¿Seré un retrógrado?

En la homilía de una de las Misas celebradas este mes de mayo en la Casa de Santa Marta, el Papa Francisco advertía lo siguiente: Debemos estar atentos a no dialogar con el diablo”.

Son incesantes las expresas alusiones a Satanás por parte del Santo Padre que nos previene ante una realidad que hoy, más que nunca, se encuentra rechazada incluso por una parte importante de los católicos, que consideran al Diablo exclusivamente como una personificación mítica y funcional que nos ayuda a comprender la influencia del mal y el pecado sobre el hombre.

Esto mismo señalaba Francisco hace casi cuatro años “A esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal ¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él!…” (Homilía en Santa Marta, 30 de Octubre de 2014).

Así lo relataba también San Juan Pablo II añadiendo que quien no cree en el demonio no cree en el Evangelio.

Lo cierto es que, por mucho que los Papas hayan sido rotundos en este sentido, insinuar la existencia del demonio en determinados ambientes, puede ser motivo de burla y causa para ser tildado de retrógrado o ignorante. Si menciono al demonio en mi lugar de trabajo, lo mínimo que recibiría como respuesta serían sonoras carcajadas. Si los servicios sociales de mi Comunidad Autónoma sospecharan que hablo a mis hijos de Satanás, quién sabe si pudiera peligrar mi tutela sobre ellos con el argumento de que estaba traumatizando a mis pequeños. En cualquier caso, las dedicatorias más suaves que recibiría serían las de fanático, ultraconservador o “neocon”.

¿Cómo puede ser que un dogma de fe esté tan arrinconado incluso por los propios católicos? Porque, seamos francos, en ciertos ambientes eclesiales desprecian esta creencia y argumentan que el hombre ha ideado figuras simbólicas como el demonio para expresar el mal.

Alguien dijo una vez que el mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía. Porque, si hace creer al mundo que no existe, podrá actuar a sus anchas. Si nadie está preparado para resistir los embates del maligno, éste ganará las batallas contra el hombre, sin encontrar oposición ninguna por su parte.

En contra de lo que muchos puedan pensar, la negación de la existencia del demonio no constituye una liberación para el hombre. Antes al contrario. Si el demonio no existe, el maniqueísmo campará a sus anchas entre los hombres y conseguirá dividir a estos entre buenos y malos. La realidad, sin embargo, es que solo uno es “El Bueno”, Jesucristo. Los que acostumbramos a clasificar como “malos” son, casi siempre, “engañados” por el demonio.

Las consecuencias de este arrinconamiento del demonio son mucho más profundas de lo que pudiéramos imaginar ¿cómo voy a pedir a mis hijos que perdonen a quien se ha portado mal con ellos? ¿Cómo voy a persuadirles para que no odien a quienes les agreden?

Teófano El Recluso explicaba este pensamiento rotundamente: “Me decís que no podéis dejar de experimentar resentimiento y hostilidad. ¡Muy bien! Pero gastad vuestra agresividad contra el demonio y no contra vuestro hermano. Dios nos ha dado la irascibilidad como una espada para traspasar al demonio y no para dañarnos mutuamente”.

Se podría concluir que es imposible el amor, es ilusoria la paz, es inalcanzable la justicia, sin esta premisa. Porque, si prescindimos del demonio, nos equivocamos de enemigo y volcamos nuestra ira contra la persona equivocada. El odio hacia el otro lo convierte en nuestro enemigo. Nuestro prójimo termina por ser, para el ofendido, el propio demonio.

Nuestro enemigo es Satanás pero si descartamos su existencia, acabamos por demonizar al prójimo: los maridos a sus mujeres, los hijos a sus padres, los nacionalistas a los constitucionalistas, los comunistas a los fascistas, las feministas a los varones, la derecha a la izquierda y la izquierda a la derecha.

En definitiva, si desterramos a Satanás, creeremos que la causa de todos nuestros sufrimientos y tribulaciones la tiene alguna persona en concreto en quien volcaremos toda nuestra ira y resentimiento y con el que nos será imposible la reconciliación. Habremos confundido la diana adecuada para lanzar nuestros dardos infectados de rencor.

¿Quiénes somos para negar lo que nos ha sido revelado?

No me cansaré de repetirme a mí mismo y, sobre todo, a mis hijos, las palabras de San Pablo: “nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre sino contra los espíritus del mal que viven en el mundo tenebroso” (Ef. 6,12)

Es fatigoso el combate, es difícil reponerse después de una lucha agotadora. Pero es imposible vencer una batalla si confundimos a nuestro enemigo.