El otro día, cuando estaba en la Agencia de Colocación de Cáritas a última hora, llegó un hombre de mediana edad tirando de un carro de la compra desvencijado y renqueante, casi encorvado, como el mismo hombre que tiraba de él y avanzando arrítmico como su cojera, supuse que con la intención de ser llenado de alimentos.

El hombre, tras una sonrisa, me preguntó si podía darle alguna ayuda. Amablemente le expliqué que se encontraba en una agencia de colocación y que allí lo que podíamos ofrecerle era ayuda para la búsqueda de empleo, pero que para otro tipo de ayudas tendría que avanzar un poco más e ir a otra oficina.

Me agradeció la información, me dio un abrazo y me dijo que yo tenía una mirada muy bonita, pero que le faltaba un poco de amor.

Estas palabras me dejaron ciertamente desconcertado y estuve varios días perturbado y cuestionándome. No era la primera vez que el encuentro con una persona desprotegida, desvalida y en situación de necesidad me empujaba inexorablemente hacia el tránsito de la conversión.

Es más fácil que consideremos a las personas en situación de pobreza como objeto de evangelización, que como fuente de evangelización para nosotros mismos o para la propia Iglesia como comunidad.

Y es que, en primer lugar, no podemos olvidar que las personas en situación de pobreza son sacramento del propio Cristo, es el propio Cristo quien nos visita:

Jesucristo, el Pobre de Yavé, es el pobre más grande de toda la historia del Pueblo de Dios“. Él mismo “manifestó un amor preferencial a los pobres y oprimidos, tanto que les concederá un título especial: ser sus representantes, sus delegados, sus presencias en la calle y en el mundo“. Así se podría decir que Jesús estableció dos formas sacramentales de hacerse presente: una, la más importante, es la forma sacramental de la Eucaristía, “verdadera, real y sustancialmente presente“. Y la otra forma, existencial. Su presencia a través de “los pobres, los marginados, los enfermos de sida, los ancianos abandonados, los hambrientos, los drogadictos“… “así se hace presente en el barrio, en el pueblo, en la chabola del suburbio“. Dice en el Evangelio: “lo que hagamos con cualquiera de estos pobres, lo hacemos con Él” (Mat. 25,45). Comisión Episcopal Española de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, 1994, Madrid.

Y además, los pobres nos evangelizan porque tienen experiencia de sentirse abandonados, desprotegidos, sin poder confiar en nadie… salvo quizá, en último término, en Dios Padre, porque no tienen “nada ni nadie donde reclinar la cabeza”, como Jesús en la cruz cuando gritó: “Dios mío, Dios mío porqué me has abandonado”.

No tienen en quién confiar porque se sienten despreciados o cuando menos mirados sin amor en alguna ocasión.

De ellos podemos aprender a confiar en la desesperación, a confiar en el Único, a ser pacientes, a descubrir la voluntad del Padre en los acontecimientos de la vida.

Además, las personas en situación de pobreza, en algunas ocasiones, no tienen familia o experiencia positiva de ellas. Muchos han sufrido también abandonos o malos tratos, cuando no omisión de cuidados.

Jesús de Nazaret instauró la familia universal, por Él somos todos hijos de un mismo Padre. Cristo integra de manera magnífica toda la humanidad en su propia Familia. Jesús sin renunciar a sus orígenes, como hombre, acoge a toda la humanidad, como Hijo de Dios. “Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.” (Mt. 12,49-50”)

Por ello, abrirnos a los demás no supone que tengamos que abandonar a nuestros ancianos padres a su suerte o que obviemos la responsabilidad de educar a nuestros hijos o proveerles en sus necesidades. “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (San Juan 19, 25-27)

Las personas en situación de pobreza son una llamada a construir esa familia universal que Cristo inauguró y cuando nos encontramos con uno de ellos, estamos llamados también a integrarlo en esa mesa compartida que tan magníficamente Jesús supo simbolizar en sus encuentros, sentándolos, incluso, en los primeros puestos. Cada vez que miramos a una de estas personas y vemos en ellas a una madre, hermana, hermano o padre, nuestro proceso de conversión posiblemente está un poquito más cerca del camino hacia la santidad.