Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

1.- Oración introductoria.
Señor, en la lectura del evangelio de hoy, me hablas del Espíritu Santo. Lo necesito todos los días antes de hacer mi oración. Yo no puedo conectar con la Palabra inspirada de la Sagrada Escritura si antes no invoco al que la ha inspirado. Por eso te pido que me des tu Espíritu para sintonizar con tu Palabra.
2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 12, 8-12
«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».
3.- Qué dice el texto.
Meditación-reflexión
Jesús es una persona ante la cual nadie puede quedar indiferente: O se le acepta o se le rechaza. Y esta decisión está cargada de gravedad: En Jesús nos jugamos la vida a una sola carta. Si opto por Jesús mi opción no es sólo de vida sino de vida eterna. Lo mismo si lo rechazo. “El que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios”. Blasfemar contra el Espíritu Santo es cerrarse al don de Dios, no querer recibir de Dios lo que Él nos quiere dar. ¿Y qué es el hombre sin Dios? Si lo que caracteriza al hombre es el soplo de Dios sobre el barro, si al hombre le quitamos ese soplo de vida se convierte en pura tierra. Y es imperdonable que el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, quiera vivir sin aire, sin suelo, sin sol, sin vida. En cambio, el que se deja conducir por el Espíritu Santo, tiene en su corazón, su Maestro Interior, que le dice en cada momento, lo que debe decir y lo que debe hacer. El Espíritu Santo es el gran don que nos dejó Jesús antes de morir.
Palabra del Papa
Toda vocación en la Iglesia nace del encuentro personal con Cristo, «que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». [4] Antes de todo compromiso, antes de toda buena aspiración personal, antes de todo servicio, está la voz del Maestro que llama: “Ven y sígueme” (cf. Mc 1,17). El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor (cf. Mc 10,21). No se trata sólo de una voz interior, sino de un impulso espiritual que con frecuencia nos llega a través del ejemplo de otros discípulos del Señor y que toma forma en una elección valiente de vida. La fidelidad a la vocación, especialmente en el tiempo de la prueba y de la tentación, se fortalece cuando no olvidamos esa voz, cuando somos capaces de recordar con pasión el sonido de la voz del Señor que nos ama, nos elige y nos llama, confiándonos también al indispensable acompañamiento de quienes son expertos en la vida del Espíritu. El eco de esa Palabra es, con el paso del tiempo, el principio de la unidad interior con Cristo, que resulta fundamental e ineludible en la vida apostólica. (Papa León XVI. 22-12-2025)
4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio).
5.-Propósito: Pedir insistentemente al Padre que me dé el supremo don: el Espíritu Santo
6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Hoy, Señor, he aprendido algo en lo que no había caído en la cuenta: la importancia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en mi propia vida de cristiano. Permíteme que no peque nunca contra el Espíritu, que abra mi corazón de par en par a ese precioso regalo. Y que, de aquí en adelante, Él sea el “espacio acogedor” donde yo me retire para respirar a gusto a Dios.