El profesor binefarense Juan de Pano Maynar pregonó la Semana Santa de Monzón, ante los asistentes reunidos en el Salón de Actos de la Concatedral de Santa María del Romeral. Su alocución, bajo el título «Pisando Tierra de Testigos», se detuvo en los rasgos martiriales de la diócesis, particularmente de Monzón, y animó a los cofrades a salir a la calles esta Semana Santa con «valentía martirial» para «testimoniar la Verdad». Con alusiones a sus recuerdos montisonene, como alumno de Salesianos o profesor del IES Mor de Fuentes, la poesía no faltó en una intervención de lectura recomendada y que se reproduce a continuación.

PREÁMBULO Y DEDICATORIA

«Todo está consumado…» y más dolor

no cabría en la cruz que eleva yerto

su cuerpo «como el áspid del desierto»

que levantó Moisés Libertador.

Es la hora en que está herido el pastor

y disperso el rebaño a campo abierto.

El varón de dolores ya se ha muerto.

Destruido está el templo del Señor.

David nos lo anunció en su profecía:

«Me hacen muecas al verme abandonado.

Como perros me cercan en jauría

y cual ladrón, me cuentan entre presos.

Mis manos y mis pies han traspasado y se pueden contar todos mis huesos».

Muy queridos P. Rubén Sánchez y Hno. Antonio Raluy, estimados cofrades, feligreses, animadores de la comunidad cristiana y amigos de Monzón. Con vuestra benevolencia.

En el amor a Dios, no caben términos medios ni existen cristianos pequeños o menos queridos. Dios tiene decidido que todos los que le amamos seamos parte de Él, y esto nos convierte inevitablemente en grandes, nos hace valientes, confiados y alegres. Así que, permitidme que os diga que si acepté estar hoy aquí con vosotros anunciando que entramos en Semana Santa, no fue por pensar que algún valor mío pudiera estar a la altura de este acto y mereciera el premio de vuestra escucha, sino porque tengo la absoluta confianza de que será vuestro espíritu cofrade el que levante el amor a Dios allí donde yo no alcance, de que la grandeza de Dios que hay en vosotros exculpará mis carencias y de que será su propio Amor, porque Él nos ama más, el que quiera salir al quite de mis torpezas.

Dicho esto, voy a dar lectura a mi Pregón. Y lo quiero hacer en comunión, unido a la “Iglesia del Cielo”: con la memoria puesta en los que nos entregaron su fe y con el corazón agradecido a quienes nos enseñaron a buscar el encuentro con Cristo en su Semana Santa.

PRESENTACIÓN DEL TEMA

Pisamos Tierra de Testigos de Cristo. Somos un pueblo elegido. Vivimos en un solar de cristiandad, en una Tierra que testimonia su fe hasta entregar la vida por defenderla. Tenemos el privilegio de haber nacido en una Tierra Martirial donde hombres y mujeres han sabido y saben mantener su fidelidad al evangelio por encima de cualquier miedo.

La persecución cristiana que recorrió estas calles y plazas que vais a procesionar ensangrentó nuestros hogares hace ahora 88 años. El odio a nuestra fe convirtió en horror y muerte la serena vida familiar de nuestros mayores. Y fueron muchos los montisonenses que asaltados en sus casas, en sus campos o en sus trabajos, perdieron la vida de forma martirial a manos del rencor, la injusticia y el desprecio a sus ideales cristianos.

Mn. José Nadal y Mn. José Jordán, beatificados, como sabéis, en octubre de 2013, son dos testimonios de esta barbarie. Son dos maravillosos ejemplos de dignidad cristiana tronchada en la juventud de sus vidas, de firmeza en la fe y de perdón a sus asesinos. Son dos mártires culpados sin más causa que su amor al sacerdocio de Cristo en servicio al pueblo de Monzón.

Monzón, Tierra de Testigos,

Tierra elegida del Padre,

Tierra de fidelidad,

Tierra de mártires.

Tus hijos te han inscrito, Monzón, en el santoral del cielo con su sangre.

Cristo fue mártir. Al Cristo que amáis, al que profesáis vuestra fe, al que vais a mostrar con vuestra convicción cofrade a la piedad popular lo persiguieron con saña, lo apresaron con traición, lo ultrajaron con desprecio, lo violentaron a golpes de flagelo y lo llevaron a la muerte clavándolo sobre una cruz. Y Él, nuestro Cristo mártir, como aprendieron luego a hacer nuestros abuelos y nuestros “Curetas”, llegada su hora y en medio de su tortura, se despidió de su madre y sus amigos, entregó su alma en las manos de Dios Padre y murió perdonando a sus asesinos. Sí, Cristo es nuestro cofrade mayor y nuestro modelo martirial.

INICIO

Ya suenan los bombos, tambores y cornetas en las tardes de los domingos. Ya preparan las bandas el rítmico estruendo de sus tamborradas y el profundo quejido de sus redobles se cuela inquieto en la rutina de los paseantes. Los ensayos en el patio de recreo de las Anas, en el parque de la Azucarera, en las pistas de La Hidro y en los plataneros de los Salesianos resuenan sobre la falda del Castillo y ruedan por el entorno hermano anunciando que se acerca la Semana Santa, y que la entereza de sus baquetas y el ánimo de sus bronces están dispuestos a no dejar solo a Cristo y a caminar junto a Él hasta el Calvario.

Pero, ¡qué poco son siete días para vivir tu Pasión, Señor! Qué densa y ceñida es tu Semana Santa. Apenas llegas de Betsaida a Jerusalén, seguido tu camino por una multitud que desea verte y tocarte tras resucitar a Lázaro, conmovido a tu entrada el gentío y alborozado de ramas agitadas, de vítores a tu realeza y de hosannas al Hijo de David, irrumpe el miedo y el hombre se acobarda, te vende, y te deja solo, abandonado al injusto suplicio. También para nosotros es breve la alegría, que apenas terminamos de acompañarte por el Centro de la ciudad con tu burreta entre ramos de olivo y palmones bendecidos de los niños, ya la tarde nos envuelve en el largo lamento de tu Viacrucis, que asciende tras la cruz de guía y los estandartes cofrades la empinada cuesta del escarpe en que se asienta el sillar templario. De igual manera, precipitadamente, antes de que se nos borre el eco de la fiesta, el revuelo de amigos y la comida familiar del Domingo de Ramos, recién planchadas las túnicas y los capirotes, nos irrumpe el Lunes Santo revestido de verdes de olivar y pardos de sufrimiento para contemplar la soledad en que te dejan tus amigos, y compadecer tu angustia y el sudor de sangre de tu Oración en el Huerto.

LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO

Getsemaní. La plaza de San Juan enmudece la tarde-noche. Por la verja de hierro del atrio eclesial los cofrades sacan a Cristo a la acera: está hincado de rodillas, suplicando al cielo; un ángel que envía el Espíritu Santo desciende a confortarle y hay un olivo silente, como los fieles, que es testigo del misterio. Llega como un suspiro lastimero y cálido desde el cerro de la Alegría y una cadencia indolente y marcial de tambores acompasa el rezo de Jesús: “Padre mío, la hora es llegada. Aparta de Mí este cáliz, pero no sea mi voluntad, sino la tuya”.

También nuestros mártires, arrodillados sobre su propia convicción y su certeza, y hermanados en la fe, rezaron unidos antes de abrazar su cruz: “Bienaventurados vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa”; y como Jesús, también pidieron al Padre entereza ante su suplicio y que les apartara el cáliz de su ejecución. Y finalmente, también ellos, en el Getsemaní de sus tormentos, supieron decirle a Dios: “Padre mío, no mi voluntad, sino la tuya”.

La noche cerró su manto

sobre el olivar en flor

cuando te fuiste, Señor,

camino del Viernes Santo…

?luna de luto y rubor vela tu rezo doliente?,

la sangre brilló en tu frente y Getsemaní sin luz

taló el leño de una cruz para tu pecho inocente.

CRISTO EUCARÍSTICO

Camino al sacrosanto encuentro de las imágenes procesionales en la catedral de Santa María, el paso de “Cristo en la eucaristía” procesiona junto a este paso que llaman el “Olivo”. Heraldos los dos de la Pasión montisonense, avanzan juntos: el Cristo mortal orante y el Cristo divino sacerdote. Sí. Le cabe a esta cofradía en el mismo pecho el rezo implorante y desgarrado al Padre, y la gracia del abrazo con Él en la hostia y en el cáliz de la comunión. A la espiritualidad de su fe, en busca de su encuentro con Dios, le cabe Cristo–hombre, que se nos acerca en el dolor y sufre con nosotros y Cristo–Dios, que se nos acerca en el pan y el vino eucarísticos para vivir en nosotros.

Señor, que vaya siempre unido en el pueblo de Monzón el empeño de esta Cofradía tuya: Cristo –Dios y Hombre– hermanado en cada pecho como eucaristía viviente. Así ocurre en nuestra diócesis. En ella, “nuestros mártires son eucaristía”. Tomad nuestra sangre –nos están diciendo– derramada y consagrada en la Sangre del Señor.

Tú, Señor de las ansias infinitas,

que en la angustia cruel de tu Pasión

dejaste en el metal de mi alma escritas

tus palabras de Sed y de Perdón,

¿cómo pudiste estar de mí sediento?,

¿cómo, en la impiedad de tu tormento,

pudiste perdonarme mi traición?

Tanto me amó tu Amor,

que en el injusto horror de tu agonía

–cuerpo deshecho y sangre derramada–,

quiso tomar mi pecho por morada

para hacer en mí su Eucaristía.

EL ECCE HOMO

Desde el “litóstrotos” del palacio pretorial el patio exterior se ve abarrotado. Bullicio, tumulto, empujones, allí no cabe uno más. El vocerío es inmenso y la guardia pretoriana a duras penas puede contener a los de delante, frente a la escalinata principal. Hay muchos forasteros que llegados a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua, se han apuntado a la ocasión: “Por lo visto, el Sanedrín ha apresado a ese tal Jesús de Nazaret. Ya lo ha juzgado de urgencia y resulta que el famoso Rey de los judíos está loco, y que no solo no es el Mesías, sino que es un farsante de tomo y lomo y un blasfemo. Por eso se lo ha entregado a Pilatos, porque ha blasfemado y tiene que morir”.

Mira conmigo el paso del Ecce Homo. Ven, acércate. No te dé ansia, no te dé miedo. El centurión romano, símbolo del dominio por la fuerza, empuja a Jesús, Rey del dominio por amor, a salir ante el gentío. Jesús, en pie, coronado de espinas, atadas las manos y desnudado el torso de una capa ceñida, de color granate como la túnica de sus cofrades, muestra los desgarros del flagelo en su sacratísima carne. Ya ha sufrido antes las burlas en casa de Anás, el simulacro de juicio en casa de Caifás donde la sentencia condenatoria a muerte precedió al proceso, el desprecio en el palacio del tetrarca Herodes con el insulto, los escupitajos y los golpes de su soldadesca. Ahora, azotándolo de los pies a la cabeza, Pilatos ha intentado contentar al Sanedrín y acallar al pueblo. Pero de nada va a servir. Tú y yo sabemos lo fácil que resulta incitar y mover a una masa enfervorizada, y aquella turba estaba ciega, dura de corazón y sorda a todo lo que no fuera castigo, sangre y muerte. Cristo-mártir en sus manos no tenía salvación. La ofuscación les impedía ver la bondad divina de Jesús, el bien que había hecho en tantos como había sanado y el amor que pregonaba en cada una de sus palabras. Él como nuestros mártires no tenía defensa posible, porque estaba condenado de antemano en el corazón de los hombres.

El segundo momento en la misma escena del paso corresponde a Pilatos. Está sentado en un trono sobre el estrado. Mal juez, tiene miedo de perder su cargo y está a punto de lavarse cobardemente las manos por la sangre de ese convicto judío al que, por otra parte, considera inocente: Mirad. “¡Este es el hombre! Os lo traigo aquí fuera para que sepáis que no encuentro en él ningún delito”. “Cogedle vosotros y crucificadle”. La jofaina del lavatorio se la acerca un esclavo negro. Eso es otro símbolo, para recordarnos que Roma no azotaba ni judíos ni romanos, pues ese castigo que le impuso a Jesús era la humillación más grande, destinada solo a los esclavos.

¿Duele contemplar de frente a Cristo lacerado, verdad? ¿”Te abruma la vergüenza”? ¿A que te entran ganas de pedirle perdón por lo que le hicieron? Hazlo, pero no te engañes, si tú y yo hubiésemos estado allí, lo más probable es que hubiésemos soportado en silencio su humillación y su tormento sin hacer nada. Hace falta ser muy santo para jugarse la vida por un indefenso y decirles a los milicianos de turno, como hizo el gitano Pelé: “No os metáis con ese sacerdote y dejadle en paz, que es un hombre bueno”.

Si soy quien te vendió a tus asesinos,

quien blasfemó en tu rostro a salivazos,

quien mancilló tu carne a latigazos

y coronó tu frente con espinos…

¿Cómo absuelves la ira de mis brazos

y consientes la injuria de mis labios?

¿Cómo puedes amarme en mis agravios

si te he dejado el alma hecha pedazos?

EL CRISTO NAZARENO

Con el capirote blanco por la inocencia y la pureza de Cristo, y la túnica púrpura por su divina majestad, los costaleros de Nuestro Padre Jesús Nazareno, cireneos de corazón, cargan sobre sus hombros la imagen de Jesús con la cruz a cuestas.

Es media mañana. Por las callejas empedradas y polvorientas de Jerusalén te conduce la ignominia de las gentes y el odio de los poderosos. La procesión está mal organizada y con prisas: a lo largo de los 1300 pasos que hay desde el Pretorio hasta el Gólgota, una muchedumbre de curiosos e inconmovibles te injuria, se ríe de tus caídas y, engañada, se contenta de tu castigo por blasfemia. Delante de ti, hay un tropel descontrolado y vociferante por entre el cual abren paso los soldados a la comitiva de sacerdotes, ancianos y letrados, escribas y fariseos, que avanza orgullosa de su logro; detrás, va una escuadra de legionarios lanceros que flanquea el camino a dos malhechores condenados a muerte, en medio de los cuales vas Tú, Bien supremo, Hijo único de Dios, Salvador del mundo, exhausto ahora, bañado en sangre, descarnado y cargando por obediencia al Padre la cruz de nuestros pecados. Cierran la triste marcha los verdugos de servicio con sus clavos, martillos, escalas y cuerdas, y más atrás, así nos lo dice San Lucas, “te sigue mucha gente del pueblo, y mujeres que van llorando y lamentándose de tu suerte”.

Las calles de Monzón te prestan su recorrido y se silencian a tu paso, sus aceras y sus plazas lloran la inclemencia de tu pena, y el trasluz de cada ventana se conduele contigo. El pueblo de Monzón te sigue y llora y lamenta tu suerte, como aquellas santas mujeres del evangelio. Quietud, devoción y lamento, el rumor de la noche se hace oración que pide tu perdón a una sola voz, y centenares de miradas sobrecogidas concentran su cariño en tu imagen, dispuestas, como hicieron nuestros mártires con sus vidas, a tomar cada una su cruz para intentar seguirte. El legado de amor a ti, que aprendimos de nuestros padres, sigue vivo en tu pueblo y en tu paso, Cristo Nazareno.

¡Ya va el nazareno cargando la cruz

en que ha de morir al nacer de la tarde!

¡Corra usted, padre, que ya se lo llevan!

Corra, que todo es un grito en la calle.

Que ya en el Pretorio se ha dado sentencia

y allí sólo quedan blasfemias manchadas de sangre.

Corra usted, padre, que tiene que verlo.

Que al Gólgota sube entre dos maleantes

con doce soldados que le abren camino.

Corra al portón a mirar cuando pase

por ver si el profeta que envía Yavé

le quiere mirar aunque sea un instante.

A mí me ha mirado.

Y no sé cómo mira el santo de Dios,

que al dejar de mirarme Él

no era en mí el cautivo convicto

ni era yo en Él el liberto de antes.

¡Oh, Dios de Israel! No le ocultes tu rostro

a este siervo que anhela encontrar tu semblante.

No ignores la vida del justo afligido.

No entregues tu tórtola al buitre insaciable.

Caído en la tierra debajo del leño,

rodaba la chusma sus gritos salvajes

y el látigo hería en su túnica púrpura

el cuerpo inocente cargado de ultrajes.

Sin queja ninguna, desnuda de odio,

su cara se ha alzado hacia mí suplicante

y he visto el misterio divino en sus ojos,

y he visto el misterio del hombre en su sangre.

Corra usted, padre, que ya llega a casa

rasgando la historia del hombre en dos partes,

Jesús Nazareno cargando la cruz

en que ha de morir al nacer de la tarde.

LA SANGRE DE CRISTO Y LA BUENA MUERTE

Este Jueves Santo, Monzón tendrá el regalo de una nueva procesión, la del Silencio. Tras la Hora Santa Cofrade y hasta la Rompida de la Hora en la plaza Mayor, todas las cofradías saldrán unidas en una misma liturgia de oración y silencio alzando un único paso, el Cristo crucificado, que irá en el centro de todos, como eje de fortaleza de un mismo pueblo.

¡Solo Cristo y la Cruz! ¡Los dos clavados en un mismo paso! Y aquí no caben distracciones ni preciosismos. En nuestro interior, ningún ruido que estorbe, y nada de agarrarnos a cruces ornamentales solas, sin Cristo en ellas, ni de rezarle a un Cristo bienintencionado sin el dolor redentor de su cruz pegada a Él. Que todo sea silencio contemplativo y El Cristo de la Buena Muerte.

Sí, el Cristo muerto. El Cristo que ha aceptado sobre Él el inhumano castigo que merecíamos nosotros y ha dado su vida en la cruz para que no muramos. El que desde esa cruz ha puesto fin al pecado por todos los siglos y nos ha abierto la puerta del cielo que teníamos cerrada.

Más de cuatrocientos años de alabanza y gloria a Dios atesora la Cofradía de la Sangre de Cristo y la Buena Muerte. Esta cofradía, en la que cupieron diversos gremios artesanos y fabriles de la ciudad, nació al amparo de las Hermanas franciscanas de Santa Clara. La imagen del Cristo en la cruz a la que rindió culto esta devoción cofrade, acompañó y presidió la vida hospitalaria, educativa y conventual de las Claras, compartiendo con ellas los muchos avatares de su larga y generosa historia en favor de los hijos de Monzón.

Se sabe que en el año 1936, este crucifijo de grandes dimensiones, junto a otros enseres y objetos litúrgicos que preservaban las monjas, fue sacrílegamente quemado y arrojado al río Sosa tras la ocupación y desalojo de su casa monacal, que se hallaba en el antiguo hospital de Santo Tomás, junto al Puente Viejo. Tres de estas Hermanas de Santa Clara, que no lograron huir a la irrupción de los milicianos, murieron fusiladas por ellos y forman parte ahora de los 252 Siervos y Siervas de Dios, Testigos de su Amor, para los cuales nuestra diócesis presentó y obtuvo de la Santa Sede el “Nihil obstat” que autoriza la Apertura de la Causa de su Canonización. Sí, 252 cristos martirizados desde Benasque hasta Fraga, sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos de vocación martirial, cuya sangre bendice y fructifica nuestra tierra y que junto a los

79 mártires ya beatificados convierten a nuestra Diócesis en la más pródiga y generosa de España en la relación de mártires de la fe por número de habitantes.

El Cristo crucificado, talla de noble factura que procesiona actualmente la Cofradía de la Sangre de Jesús fue una donación particular a la congregación de Las Claras, aunque se conserva y adora en la Concatedral de Santa María del Romeral. Este paso, durante la procesión  del  Viernes  Santo,  incorpora  una  imagen  de  la  Virgen

Dolorosa, en pie su desgarro ante la cruz, que permanece con Él, como en el primer Viacrucis, siguiendo el recorrido del Santo Entierro. Los hermanos cofrades visten de color luto por acompañar la muerte de Cristo y la de los fallecidos de los hospitales. Su gola, los puños y el fajín, de color sangre, recuerdan las palabras del Apocalipsis: “Estos son los que murieron en la gran persecución, los que lavaron sus ropas en la sangre del cordero”.

Da un no sé qué, Señor, de desconsuelo

el ver bañada en sangre tu figura,

que todo en mí se hiere en tu tortura

y llora en cada golpe del flagelo.

Da un no sé qué, Señor, de angustia y hielo

el mirarte desnudo, en llaga pura,

que todo en mí, a tu paso, se apresura

a reclinar los ojos hacia el suelo.

Mas, Tú quieres, a pecho descubierto,

que aprenda a contemplar en tus despojos

la sed de amor que con tu sangre apagas.

Y quieres, Cristo por mi vida muerto,

que aprenda tu perdón en cinco lirios rojos

que brotan redentores de tus llagas.

NUESTRA SEÑORA DE LA PIEDAD

Miércoles Santo. Desde el dulce altozano del Palomar, a compás del clamor de bombos y tambores desciende la calle Calvario Nuestra Señora de La Piedad. Las filas de capirotes rojos resaltan sobre el blanco inmaculado de las túnicas. La majestad de Dios resalta sobre el regazo de María. Es el paso de La Piedad. Delante de una cruz de madera vacía y ensangrentada en sus vetas y en sus tanos, sobre la que aún pende el blanco lienzo del descendimiento, María, sedente, recibe en sus brazos el cuerpo muerto de Jesús. No cabe más dolor. Ella, que fue trono del Verbo divino cuando Niño, ahora lo es del Cristo Redentor ajusticiado. Sobre el vientre inmaculado que lo concibió, le yace ahora exánime el Hijo de sus entrañas.

La procesión de penitentes cruza entre las sombras del río el Puente Viejo camino de la calle Joaquín de Pano; más lento aún el ritmo por la intimidad del sitio, al besar los varales del paso la esquina con la calle San Antonio, se estremece un tintineo de candelabros que rezan su luz al pie de la Piedad. Hay que pararse en la angostura. Aquí se detienen la marcha y el tiempo. El alma, afligida, prende un suspiro en la cara de Cristo desfigurado, vuela hacia el rostro desmayado de la Virgen, y asciende al cielo entre flores y banderas de las balconadas buscando su afirmación y su consuelo en las alturas.

Un golpe seco en la madera de las andas reinicia el trayecto hacia la plaza Mayor. El paso de la Piedad, flanqueado de hachones de los capuchinos y velas de los penitentes, se mece en el pecho de Monzón y adelanta lento la cuesta que conduce a María y a Jesús a su casa en la Catedral.

¡Qué inmensa soledad, Amor paciente,

al recibir su cuerpo descendido!

¡Qué extrema pesadumbre en tu latido

contemplando a Jesús en ti yacente!

¡Déjame acompañarte, mi Piedad,

en ese estar muriendo ante su muerte,

en ese amarnos en tu Hijo inerte,

crucificada en Él la Humanidad!

EL SANTO SEPULCRO

Hoy es un nuevo Viernes Santo. Solemnidad y pesadumbre, la cofradía del Santo Sepulcro vuelve a sacar a la calle la sagrada urna en que yace muerta la redención del mundo. Es fácil adivinar bajo las capas blancas que conducen el cuerpo de Cristo a Nicodemo, a José de Arimatea, a Juan Evangelista… son los buenos hijos de Monzón que han heredado de sus padres la túnica del paso como un bien entrañable. El féretro es de cristal con aristas blancas y guirnaldas doradas, y tiene una luz interior que no alumbra, sino ilumina. En él, Cristo, desnudo, está tumbado sobre un terciopelo rojo y la compasión cofrade le ha prestado un cojín para que repose la cabeza. Hay mucha amargura en las miradas, mucho respeto de adoración, pero muerte y resurrección van indefectiblemente unidas para los cristianos, por eso avanzan sus pisadas con gravedad, pero con esperanza.

Al llegar a la plaza de Santo Domingo, por delante del Sepulcro, un gitanillo ha echado al asfalto unas ramas de tomillo. ¿Será que ya le han enseñado lo que hizo la pecadora con el tarro de mirra y áloe a los pies del Maestro? ¿o es que ese zagal se sabe que el tomillo huele más cuando se le pisa y que perfuma con su aroma el pie que le troncha?

Eso mismo, chavalín, hicieron nuestros mártires, perfumando de su perdón a quienes les maltrataron y cortaron sus vidas arrebatándolos de la tierra…

Con el paso del Sepulcro no acaba la procesión del Santo Entierro. La muerte de Cristo no es ni con mucho la última muerte cristiana mártir. Cristo sigue muriendo diariamente en millares de hermanos nuestros. Entre el siglo pasado y el actual se calculan 45 millones y medio de cristianos muertos por sus creencias religiosas. El papa Francisco nos alerta: “Hay más mártires hoy que en el inicio del cristianismo”. Son los nuevos mártires de Cristo.

Procesión del Viernes Santo.

El Sacro Sepulcro pasa y en su urna,

nos abrasa de luz y silencio el llanto.

Solo tu fe entona un canto,

porque tú sabes, Monzón,

que, la muerte en su Pasión

es su gloria y tu esperanza;

y en ese sepulcro,

avanza Cristo a su resurrección.

LA DOLOROSA.

Benditos seáis mil veces, cofrades de Nuestra Señora de los Dolores. Benditas sean vuestras familias, que así sabéis querer a la que es Madre de todos. Bendito vuestro ofrecimiento para llevar a la Virgen María tras su Hijo cuando ya, destrozada de llanto y de dolor, no puede caminar tras Él. Y bendita vuestra entrega a Ella, porque en el corazón sabéis que no solo portáis una imagen muy querida de Nuestra Señora, sino que en esa peana lleváis el lazo que ata a Monzón con Dios.

La Virgen María no está sola. Junto a Ella, que logra avanzar a pesar de los siete dolores que se le clavan en el pecho, caminan otras mujeres que acercan sus pesares a la intercesión de la Madre de los Dolores…

¡Tienen tanto que pedir para sus hijos…! ¡Acoge en tu regazo, Maternidad divina, a nuestras madres!

María ha seguido a Jesús en todo su proceso. Ha sentido sobre Ella cada insulto, cada golpe, cada caída… Ha sufrido más de lo que ninguna madre pueda sufrir jamás. Contempladla inconsolable y rota, aunque la veáis en pie por fidelidad al Hijo. Mirad envuelta en un sollozo a la que es Alegría para todos nosotros, ved sola y sin auxilio a la que es Auxiliadora de cuantos la invocamos. Condoled la amargura de la Reina de los Mártires, coronada en este instante por el sacrificio martirial de su propio Hijo.

¡Tiene el alma hecha jirones! Tanto tormento y tanta crueldad le hubieran sido insufribles a no saber que aquella era la hora elegida por la voluntad del Padre y que en ella estaba asistiendo al comienzo de la salvación del mundo.

En el septenario que comenzará al acabar este acto, podéis venerarla en comunidad. Cristo en la cruz nos salva como pueblo, ¡no lo olvides, Monzón!, y María, Nuestra Madre, que sufre en medio de nosotros, nos quiere como su pueblo unido, juntos en su amor al lado de su Hijo, perdonándonos unos a otros, abrazados en familia a su dolor.

Tu llanto preludió en el orbe entero

la hora que llegaba de tu Hijo.

La espada cruel que Simeón predijo

clavó en tu pecho el filo de su acero.

Y te quedaste herida de impiedad

unido al de tu Hijo tu dolor.

Dos agonías en el mismo amor,

dos dolores de igual conformidad.

DESPEDIDA

“¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”. Recordad que por más dolor cristiano que os fatigue, la Semana Santa es un camino que concluye en Resurrección y que la Procesión del Resucitado os aguarda al final de todas vuestras procesiones personales. Salid con valentía martirial a vuestras calles. Sacad por Monzón el amor y la esperanza de vuestros pasos. Testimoniad la Verdad. Procesionad entre las gentes, sin avasallar, pero sin pedir disculpas por mostrar a un tal Jesús, al que confesamos como único Salvador del ser humano, y hacedlo con caridad, pero con firmeza, recordando que sois evangelio vivo y ejemplo de monzonería, y que mostráis vuestras certezas de fe sobre suelo santo, porque estáis pisando Tierra de Testigos.

¡Santa y fecunda Semana Santa a todos!