La experiencia de Hortensia Barón, voluntaria del área de Misiones en la Diócesis de Barbastro-Monzón desde hace 57 años, ilustra el impacto local de una jornada mundial que cumple un siglo de historia llevando solidaridad y fe a los rincones más alejados del planeta. La andadura de Hortensia comenzó formalmente en 1970, año en que se fundó la delegación diocesana de Misiones en Barbastro.
Designado por el obispo Mons. Damián Iguacen, el sacerdote Ernesto Durán asumió la delegación y comenzó a reunir a los primeros colaboradores, sumando a Pilar Caro -maestra de pueblo- y a la propia Hortensia. En una época marcada por la escasez de medios de comunicación y transporte, el equipo recorría las localidades creando grupos de voluntariado. «Entonces no había nada ni nadie […]. Yo he ido en un Seat 600 al que había que empujar para correr, yendo por los pueblos a llevar las propagandas porque no había medios como ahora»
La primera gran tarea organizada por la delegación fue localizar y contactar por carta a los 62 misioneros y misioneras originarios de la diócesis. A través de esa correspondencia constante se conocieron de cerca sus necesidades materiales y espirituales. De forma paralela, el equipo tejió una sólida red de apoyo con los padres y hermanos de los misioneros y estableció delegadas de zona en puntos estratégicos como Aínsa (María Cruz de la Sierra), Benasque, Graus (con las religiosas Carmelitas) y el Somontano (con Teresita Espluga).
Con el objetivo de afianzar la labor, la delegación implantó un esquema de formación permanente basado en reuniones mensuales y retiros espirituales anuales, una estructura metodológica que se mantiene activa en la actualidad, confirma Fina Obis, actual responsable del ÁREA.
Un testimonio de gratitud y transformación
Tras más de medio siglo de servicio, Hortensia Barón define el compromiso misional como una experiencia «adictiva» y profundamente enriquecedora. «Le debo mucho más al Domund que él a mí», asegura, destacando cómo el contacto cercano con los misioneros que regresaban de visita renovaba su fe y su comprensión hacia los demás. «El atenderlos y sentir lo que ellos nos transmitían era fabuloso; te dejaba nueva, como si hubieras pasado por unos ejercicios espirituales. Te lo digo con el corazón»-
Barón señala además la transformación que ha experimentado la dinámica misional a lo largo de las décadas: mientras que en los inicios la diócesis enviaba numerosos misioneros a países como Colombia, hoy en día son sacerdotes y religiosos procedentes de Colombia quienes colaboran en la evangelización de las parroquias aragonesas. La oración y la ayuda económica son necesarios siempre, y la voluntaria subraya con rotundidad que el dinero recaudado en el Domund es «el más seguro», pues son los propios misioneros quienes confirman directamente la llegada de los fondos a sus proyectos pastorales y asistenciales.